"El día 26"

Devocionales diarios desde el día 13 al 26 de Diciembre.

13 de Diciembre. Edicto.

Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado.
Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta.
Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento.
Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
Lucas 2:1-7

Voy a comenzar nuestro devocional de hoy con una frase que puede sonar tal vez rimbombante, y algo extraña a todo lo que acostumbramos a pensar cuando hablamos de Navidad. Va la frase:

Considerar los acontecimientos del nacimiento de Jesús ingenuos e infantiles, como salidos de un cuento de niños donde todo está teñido de encanto inocente, tierno y simple, con un pesebre con pastito, pastores asombrados, animalitos de todo tipo, y brillantes angelitos, demuestra tanta osadía como ignorancia crítica de los textos de los Evangelios, llenos de historicidad, realidad social y política, y sobre todo —¡y esto sí es asombroso!— de la intervención impresionante de la eternidad en el nacimiento temporal de Cristo, el Salvador de la humanidad.

Me salió así, ¿vieron? Como con cierta bronca por la forma en que tomamos los relatos bíblicos que nos cuentan de la encarnación y el nacimiento de Jesús, nada menos que ¡el Dios hecho hombre por amor al mundo!

Hemos reducido todos esos relatos navideños de los Evangelios a una cuasi fantasía religiosa, y como los vemos así, no hemos dudado en agregarles más fantasía: arbolitos con guirnaldas y luces, medias colgadas en las chimeneas (por lo menos esto sucede en los países con invierno en diciembre), un gordo regalón que viene en un trineo y que premia a los niños que se portan bien, turrones y pan dulce, y ¡mejor no sigo porque me sigo enojando!

Pero, por ejemplo, ¿es esto lo que Lucas quiso dar a conocer, cuando en su Evangelio nos cuenta del edicto de parte de Au- gusto César, de que todo el mundo fuese empadronado? La historia secular concuerda con el evangelista Lucas, en que todo eso se hizo impulsado por un tal Cirenio, antes senador romano, que en ese tiempo histórico, por concesión del emperador, había recibido un puesto de privilegio como gobernador de Siria (los políticos siempre han sido iguales en toda la historia). Podemos saber, además, que lo que buscaba Cirenio con ese censo era saber cuántos impuestos más podía recaudar para sus arcas y las del Imperio Romano, y para eso necesitaba registrar a los habitantes de provincia.

Este es el trasfondo del edicto del César: ¡recaudar más impuestos! Si no, ¿por qué se nos ocurre que todo el mundo debía ir a su ciudad nativa, y que por eso José tomó a su mujer embarazada y viajó desde Nazaret en Galilea a Belén, nada menos que la ciudad de David de quien era descendiente? ¡Los gobernantes estaban haciendo números presupuestarios! (Nada nuevo en este mundo nuestro...)

¿No vemos, en todo este relato, datos precisos históricos de acontecimientos políticos y sociales reales, y bien humanos? ¿Llevaríamos nosotros a una mujer a punto de dar luz, en un viaje de casi ciento once kilómetros y varios días, si esto no fuera de premura y urgencia? ¿O por qué pensamos que no había lugar para ellos en el mesón? ¡Estaba atiborrado de viajantes que habían llegado también a Belén! Una pequeñísima ciudad de casi mil habitantes, sin la hotelería necesaria para albergar a tanta gente que también necesitaba cumplir con el edicto de Augusto Cesar.

Decisiones políticas, estrategias económicas, y además un gobernante, el César, que traducido a nuestro idioma significa Señor.
¡Sí, así como lo leen! Augusto César, emperador de Roma, se creía un dios y obligaba a que se le reconociera como tal.

¿Saben cuál era su lema? URBI ORBIS. URBI, ciudad (Roma). ORBIS, mundo. O sea, Roma, centro del mundo y Augusto César, el Señor del mundo. Su plan: la PAX ROMANA, esto es, su dominio extendido en todo el mundo.

En ese contexto concreto de la historia, vino a ese mundo (y al nuestro) el verdadero Señor del mundo: Jesucristo. Dijo posteriormente el apóstol Pablo, destacando este nacimiento: Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo.
Esto significa que, Augusto César, Cirenio, el Urbis Orbis, la paz romana, los impuestos, las arcas del imperio, y finalmente el edicto que exigía el empadronamiento, estaba todo ya establecido desde la eternidad y dispuesto para que se cumpliera en ese tiempo. Esto puede comprobarse porque quinientos años antes del nacimiento de Cristo, ya Dios se lo había predicho a su pueblo a través del profeta Miqueas: Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.

En conclusión, todos los sucesos, absolutamente todos, como todas las personas, los lugares, las intenciones políticas, los planes, las estrategias recaudadoras, pesebre, pastores, ángeles, y el edicto de Augusto el que se creía un dios, estaban diseñados para ser parte del nacimiento de Jesucristo.
Así que: ¡por favor, ya no le agreguemos nada al relato navideño. No lo necesita! Y humillemos nuestro corazón reconociendo el gobierno de nuestro Dios sobre toda la historia, sobre todo gobierno o acontecer humano, edictos incluidos! Navidad nos recuerda que podemos confiar en la provisión de Dios siempre y en toda situación. Navidad nos dice que Dios está en control, y aunque parezca raro ¡aun de la suba de los impuestos!

ORACIÓN:
Amado Dios, soberano sobre todo lo creado. ¡Cuán extraordinario es tu dominio y tu obrar en cada cosa de mi vida! ¡Qué sucede sin que Tú lo sepas! ¡Qué cosa hay que se quede fuera de tu obrar! ¡Así como el salmista lo dice: aún no está la palabra en mi boca, y he aquí tú la sabes toda!
Nada se escapa de tu gobierno. Nada queda afuera de tu control. ¡Tan grande es tu sabiduría y tu poder, que aun operas en los gobernantes y sus planes humanos, para llevar adelante en ellos todos tus propósitos!
¡Confío! ¡Con todo mi ser confío y descanso en Ti, y en que tu voluntad se cumplirá en mi vida pase lo que pase!

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14 de Diciembre. Belén (en buen hebreo, Bet Lehém)

Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará[a] a mi pueblo Israel. Mateo 2:6

Estuve leyendo hace poco una publicación de un revisionista histórico español, sobre lo que, para él, era el verdadero motivo por el cual Jesús nació en Belén. Deseando desechar el motivo de los Evangelios —que Jesús debía nacer en Belén porque así estaba establecido por la profecía dada por el Señor a Miqueas cientos de años antes—, este hombre se puso a revisar pergaminos romanos en latín del primer siglo, y cuenta esto:

“Estuve horas y horas traduciendo, disposiciones, artículos, citaciones, en fin, los que estéis más o menos familiarizados con un Boletín Oficial, ya sabéis lo que es eso, estaba a punto de tirar el pergamino sobre una de las estantería de mi biblioteca, cuando tropecé con la palabra “lignum” y “Bet Léhem”, el corazón me dio un vuelco, hablaban de madera y de Belén justo poco antes del nacimiento de Jesús, aquí podía haber algo. Me puse a traducir presa de un nerviosismo cuasi infantil y he aquí el resultado de mi traducción: ‘En la ciudad de Belén el día 15 de Enero del Año 0, se procederá a la subasta pública de una partida de madera de cedro procedente de los montes del Líbano. Podrán tener acceso a dicha subasta todos los profesionales que de una u otra forma se dediquen al negocio de la madera, debiendo acreditar en el momento de la puja, el estar al corriente del cupón de autónomo…’ Creo que no es necesario seguir. Aquí está el verdadero motivo del viaje a Belén de la Sagrada Familia. ¡Fueron a una subasta de madera!”

Después de leer su deducción, pensé: “¿Este investigador se quedó conforme y satisfecho con lo que a su entender era la verdad histórica por la cual José viajó a Belén, llevándose a su mujer María a punto de dar a luz y arriesgando el nacimiento de su hijo, solo por un motivo comercial... para comprar madera porque era carpintero?” (De paso, después relean el devocional del viernes 13 de diciembre.) Luego me dije: “Bueno, la conclusión de este hombre no difiere mucho de lo que para la mayoría de las personas hoy es Navidad. O acaso ¿no se ha convertido Navidad, en un asunto meramente comercial, y todos se quedan también conformes con dejarlo solamente en eso?”

Más allá de lo que hemos estado compartiendo con respecto al cumplimiento de profecías dadas cientos de años antes por el Señor, y de otros detalles que rodean el nacimiento de Cristo, me gustaría que confrontemos ese espíritu comercial de esta fecha, meditando en el porqué de la elección de Belén como lugar escogido por Dios para que naciera el Salvador del mundo.

No hay que darle muchas vueltas, ni ponerse a leer manuscritos romanos en latín del primer siglo. Basta con prestar atención a estas palabras de la profecía: ¿Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña?

Aclaremos que no es una pregunta que refleje alguna duda respecto del tamaño comparativo de esa aldea con otras ciudades, ya que Belén ni siquiera llegaba a ser una ciudad. La profecía está afirmando que es muy pequeña. Belén de Judá era bien pequeña, ¡muy pequeña! No llegaba en ese tiempo a mil habitantes.

A unos pocos kilómetros de Jerusalén, Belén era una pequeña comunidad de campesinos y pastores. En el Antiguo Testamento, lo podemos encontrar a David cuidando las ovejas de su familia por la zona. Belén no tenía nada de estratégico. Era una humilde población sin importancia en ese tiempo. A nadie allí se le ocurriría abrir un shopping... De hecho, hasta el día de hoy se sigue discutiendo dónde estaba ubicada esa aldea con exactitud. Solamente se sabe que era parte de un corredor o parador que usaban los viajantes de camino a Jerusalén, para descansar o reaprovisionarse antes de llegar. Si pudiéramos compararla con lo que conocemos hoy, diríamos que era como una estación de servicio en las afueras de Jerusalén, para cargar nafta, ir al baño y tomarse un cafecito. Esto lo comprobamos en las costumbres del mismo Jesús que, cuando viajaba a Jerusalén, pasaba a descansar por la casa de sus amigos Marta, María y Lázaro que vivían allí.

Así que nos encontramos con que Dios eligió un lugar bien insignificante para el nacimiento de su Hijo. Nada por destacar, nada por considerar como un lugar especial. No llamaba la atención. No era el centro de nada. A muy pocos les interesaba vivir allí teniendo a Jerusalén tan cerca. (Hoy quizás harían un barrio cerrado en Belén...) No vivía gente importante. No había un centro de estudios teológicos. Poco y escaso comercio (por eso me extraña lo del revisionista histórico con lo del Boletín Oficial en latín, ofreciendo un remate de maderas del Líbano, salvo que se le haya roto el trans- porte a Jerusalén y se hayan quedados varados allí...).

Si seguimos leyendo la profecía de Miqueas, dice (y pienso que a propósito): Porque de ti saldrá un guiador que apacentará a mi pueblo Israel. De un lugar que nadie se imaginaría que podría surgir un líder capacitado para guiar a una nación, Dios quiso que naciera su Hijo, con el propósito de que Él apacentara a su pueblo.
Y aquí está uno de los motivos del por qué Jesucristo nace en Belén. Porque Dios no necesitaba un gran hombre, sino un humilde siervo. No necesitaba un general, sino un soldado dispuesto a dar la vida. No necesitaba un famoso, sino alguien que no buscara su propia gloria. No necesitaba un gran dirigente, sino un obediente. No necesitaba un estratega, sino un hombre sujeto a sus planes. No necesitaba una persona decidida, sino una persona entrega- da a su voluntad. No necesitaba alguien que mandara, sino alguien que diera ejemplo. No necesitaba un sabio en la Escrituras, sino un cumplidor de la revelación. No necesitaba uno que ordenara, sino uno que amara. No necesitaba alguien que se enriqueciera, sino alguien que enriqueciera a otros.

Alguien tan sencillo como el lugar donde nació. Alguien que pudiera decir No tengo dónde recostar la cabeza, pero a pesar de eso, no quejarse y seguir feliz adelante, haciendo lo que se le mandó a hacer. Bueno, ¡eso era Belén! Una humilde aldea de pastores. Y Dios necesitaba de eso... de un Buen Pastor que supiera lo que significaba dar su vida por las ovejas.

Entiendo que esta es una de las simples y benditas razones por las que el Señor Jesús nació en Belén.

ORACIÓN:
Señor, cada vez me convenzo más del contenido sencillo del relato de tu venida al mundo, y del porqué de ello. Nada complicado, nada rebuscado. Todo bien simple. Todo bien al alcance de cualquiera, sin la necesidad de que nadie deba sentirse especial para ser alcanzado por tu amor y tu salvación. Desde la más pequeña de las aldeas te hiciste Pastor de tu pueblo, porque no viniste a conquistar el mundo, sino nuestros corazones.
Tu humilde nacimiento me invita a ser también humilde de corazón para disfrutarlo. ¿Será por eso que tu Palabra me dice que te hiciste pobre, para con tu pobreza enriquecerme?

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15 de Diciembre. Reino de los Cielos.

En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.
Mateo 3:1-2

El nuestro devocional del pasado día 11, estuvimos meditando sobre la vida y el ministerio de Juan el Bautista. Hoy trataremos de reflexionar sobre su mensaje. Básicamente, el mensaje de Juan, al anunciar la venida del Mesías después de él, consistía en dos llamados combinados. Uno era el de arrepentimiento. El otro, el de por qué era necesario arrepentirse: el reino de los cielos se ha acercado. Se combinaban ambos en la idea de la necesidad de estar preparados para disfrutar plenamente esa inmensa y preciosa oportunidad de vida bajo el gobierno de Dios. Sin arrepentirse, no era posible estar en condiciones óptimas de reconocer tal oportunidad, y mucho menos de aprovechar el contenido de ese Reino que se hacía accesible.

En este sentido, el mensaje de Juan el Bautista era directo y asertivo: Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento. No se andaba con chiquitas Juan. Proclamaba, sin vueltas ni rodeos, que era necesario e imprescindible hacer un cambio de mentalidad para encontrar esa oportunidad. El asunto era muy serio. Estaba en juego el ser parte o no del eterno reino mesiánico prometido por el Señor.

Es que una cosa era la experiencia religiosa. Decía Juan: Yo los bautizo en agua para arrepentimiento. Pero otra cosa era integrarse al propósito de la venida del Mesías enviado: El que viene atrás de mí... es más poderoso que yo; Él viene a bautizar en Espíritu Santo y fuego. Este mensaje significaba que no se trataba de ritos o liturgia religiosa, y después seguir haciendo lo que ellos quisieran. ¡No! Era necesario un genuino cambio de perspectiva de vida.

“Arrepentirse”, en el original griego es metanoeo, y viene de meta, “después”, y neo, “pensar”. O sea, implica una decisión de cambiar la manera de pensar. Un cambio de mente que lleve a un cambio de actitud, de propósito y también de proceder en la vida. Y esto los llevaría a producir visiblemente frutos que manifestaran que en verdad anhelaban ser parte del Reino de los Cielos.

Realmente, debemos confesar que hemos rodeado al nacimiento de Jesús de tantas cosas, que hemos perdido la dimensión de todo lo que trae su venida. Por favor, piensen: ¿En alguna oportunidad, en alguna Navidad, han meditado con profundidad en que ese niño que nació en Belén, vino para bautizar en Espíritu Santo y fuego? Aclaro que este fuego del que habla Juan tiene que ver con procesos de purificación profundos, a través de los cuales pasarían quienes participaran del Reino. O sea, el Mesías produciría cambios de verdad en las vidas de los integrantes del Reino de los Cielos.

No es que quiera quitarle romanticismo al espíritu navideño, pero... no debemos dejar de lado el anuncio del Bautista. Mejor no se los digo yo. Lean Mateo 3:1-12 y después me dicen.

Insisto. Ese pequeño niñito nacido en un pesebre (algunas pinturas lo reflejan rubio, de cara regordeta con cachetes rojizos y pelo encrespado, con ojos tiernos azules, aunque no sé en dónde se inspiraron los artistas al dibujar así a un niño judío) vino a bautizar con Espíritu Santo y fuego, de tal manera de hacer accesible el Reino de los Cielos a nuestras vidas.

En los Evangelios, existen más de cien referencias al Reino durante el ministerio de Jesús. La mayoría de sus enseñanzas y prédicas como el Enviado o Mesías giran alrededor de este tema. Él es llamado el Ungido, porque viene a ungir con el Espíritu de Dios a los que participan de su Reino. Él es el Señalado, porque señala a sus discípulos con una señal del Reino, el fuego purificador (no se asusten: no quema, sino que limpia).

Entonces, ajustándonos a la revelación bíblica, podemos entender que el llamado de Navidad es un llamado más bien a dejar atrás una manera de pensar o una perspectiva errada de nuestra existencia, para adentrarnos y ser parte del establecimiento del Reino de los Cielos, donde el poder transformador de Jesucristo se refleja ahora manifiestamente en nuestras vidas.

Siento mucho tirarles abajo todo ese “romanticismo aniñado” con el que hemos celebrado Navidad. De verdad. Pero échenle la culpa al mensaje de Navidad que anunciaba el precursor del Mesías, Juan el Bautista. Pero más que echarle la culpa, démosle gracias, porque cuando uno celebra un día al año el nacimiento de Cristo, pero nada cambia en la vida, él nos recuerda que no es para eso que vino Jesús, sino que lo hizo para que participemos en verdad del gobierno maravilloso de Dios ¡y para siempre!

ORACIÓN:
Casi, casi Señor, tendría que empezar mi oración diciendo: ¡Uf! ¡Qué lejos de tus propósitos hemos celebrado el mensaje de la Navidad! ¡Y cómo le hemos empequeñecido y quitado brillo!
¡Establece tu Reino en todo mi ser! ¡Bautízame en el Espíritu Santo!
¡Dame una manera de pensar como la tuya! ¡Acércame cada día más a la vida del Reino! ¡Enséñame de Ti y de tus caminos! ¡Desarrolla un proceso de cambios que sean notables en fruto que traigan gloria a tu Nombre!

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16 de Diciembre. Pastores.

Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.
Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.
Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño.
Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.
Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.
Lucas 2:8-20

Conjunción. Conjunción de Cielo y tierra. Ángeles y pastores. Lo más excelente de los habitantes de los Cielos y lo más humilde de los habitantes de la tierra. Conjunción de dos naturalezas espirituales distintas, y a la vez, comunes entre sí. Distintas por el contenido del diseño de su creación. Comunes porque ambas naturalezas son el resultado y la obra de un mismo y único Creador.

Conjunción de algo que nunca tuvo que ser separado, pero que ahora maravillosamente se une. La dimensión eterna del Reino de los Cielos y la —hasta ese momento— temporal dimensión de lo humano. Y digo hasta ese momento, porque lo que anuncian esos gloriosos ángeles —que hace que todo resplandezca en la tierra con brillo del Cielo— permitirá que esos pastores sean los primeros en saber que Cristo el Señor ha nacido, y que lo hace para dar por ter- minada esa separación entre lo eterno de Dios y lo temporal del ser humano.

La gloria de Dios une Cielo y tierra. La noticia no viene a los poderosos. Ni a los sabios o entendidos. No le es anunciada al lujo ni a la fastuosidad. No viene a los ricos. La noticia no llega a lo excelente de lo humano, sino que llega y le es dada al grupo probablemente de más bajo nivel de la escala social de ese tiempo: los pastores. A gente vulgar para los otros pero que, al recibir la noticia, esta les hace saber, los distingue, y les declara que tienen un mismo valor para el Dios que manda a esos gloriosos ángeles a darles la noticia.

Y es justamente desde ellos, los rezagados —aquellos que sir- ven a intereses que no les pertenecen, que no tienen nada y cuyo trabajo es cuidar la propiedad de otros—, que el Señor comienza el anuncio de que en la misma condición que ellos, y en un mismo pesebre como el que ellos y sus animales suelen usar para dormir, podrán encontrar al Salvador de la humanidad.

Es conjunción perfecta, porque no permite que ninguna diferencia o escala social eche algún tipo de sombra o duda sobre el anuncio. La noticia debe permanecer y darse impoluta. Pura. Clara como la luz de esa Gloria del Cielo que la declara. Son nuevas de gran gozo, que serán para todo el pueblo, y esas noticias no pueden ser manchadas por discriminación alguna. No admiten confusión ni turbación. No son selectivas. Son para todos. ¡No teman!, les dice el ángel del Señor.

Y para que ellos mismos lo comprueben, se les dice que les servirá de señal el encontrar al Cristo recién nacido, ni más ni menos que en el mismo sencillo pesebre donde ellos también solían pernoctar con sus animales.

Y hacia allí van apresuradamente, para comprobar lo que se les había dicho y poder compartir el privilegio de haber sido ellos —los pastores que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño— quienes recibieran, antes que nadie, tal tremenda y maravillosa confirmación de la visitación del Dios eterno en salvación.

Dice el relato que todos los que oyeron se maravillaron de lo que los pastores decían. ¡Y cómo no maravillarse! Les resultaba algo realmente inentendible que, más allá del contenido del anuncio, este haya sido manifestado primero a quienes jamás se imaginaban que podía hacerse: a los más humildes de los hombres. Pero es así como Dios une la excelencia del Cielo con lo más modesto de la tierra: ¡Gloria a Dios en las alturas. Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!... ¡Para con todos los hombres!

ORACIÓN:
¡Amado Dios! Me asombras con tu Gracia y Sabiduría. Y no porque elegiste a esos humildes pastores para ser los primeros receptores del anuncio de tu Salvación, sino porque esa elección revela el que me hayas elegido a mí también. Recuerdo que tu Palabra dice que ni lo alto, ni lo profundo podrán separarme de tu amor en Cristo. ¡Y cuánta seguridad me da eso! ¡Realmente son nuevas de gran gozo! ¡Estoy incluido! ¡Aleluya!

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17 de Diciembre. Pesebre.

Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento.
Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.
Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
Lucas 2:6-12

Comenzaremos hoy con dos datos históricos sobre nuestra tradicional celebración de la Navidad, y también sobre el uso de la imagen de un pesebre en ella. Siguiendo un orden cronológico, nos corresponde decir que el primer registro fechado sobre esta celebración en un 25 de diciembre es en el año 354 d.C. Por otra parte, la tradición del pesebre como representación del lugar en que nació Jesús recién aparece en el siglo Xlll, por iniciativa de Francisco de Asís quien, atravesando un estado de profunda debilidad por enfermedad, quiso celebrar la Navidad de un modo especial, inspirado por el relato bíblico, recreando un pesebre viviente en una cueva, con animales incluidos.
Estos datos no le quitan importancia a nuestra celebración, pero nos permiten meditar en cómo la historia y la tradición pueden influir en nuestras ideas o conceptos, al aportarnos modos cultura- les que a veces cubren el verdadero sentido de tal celebración. Los pesebres, en época bíblica y en el oriente, eran comederos para los animales, hechos de piedra, barro cocido o madera, y se encontraban generalmente en las casas cuyos dueños poseían animales.

Y aquí lo interesante. El lugar inferior de la casa se reservaba para ello, ya que poseer animales era un recurso material muy importante para sus dueños, y de esa manera se aseguraban de protegerlos.

El hecho de que no se haya hallado lugar en el mesón para María, y que tuviera junto con José que irse a ese lugar de la casa, para entonces parir y acostar a su recién nacido hijo en un pesebre, ilumina la escena del nacimiento del Señor. Así que nos quedaremos pensando en el pesebre. El mueble, comedero de animales, que María usó para recostar a su pequeño.

Y no puedo dejar de recordar el texto de Pablo a los corintios: Porque ya conocéis la Gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos (2 Corintios 8:9). No se trata de riqueza o pobreza material: se trata de auto-despojo en todo el sentido de la palabra. Del darse por completo del Dios eterno por amor a nosotros. Del disponerse a vaciar- se totalmente de su condición de excelencia y majestad, para nacer sin tener lugar ni espacio digno entre los hombres.

Así Jesús empieza su vida entre nosotros. Dándose en un pesebre. Y así continuará su existencia hasta la misma cruz. Dándose a sí mismo. Es que ese pesebre es un símbolo del derramamiento de la misma vida del Ser divino para enriquecernos, y lo hace sin reclamar nada para sí. Por eso nace y es acostado en un simple y sencillo mueble comedero de animales. Por amor se hace pobre. Sin nada. Sin lugar. Sin cama. Sin cuna. Se despoja por completo. Y con su pobreza nos enriquece.
En el pasaje cabecera de este devocional, del Evangelio de Lu- cas dice, acerca del pesebre: Esto os servirá de señal. El pesebre nos es una señal. Figura de. Símbolo. Representación. ¿De qué? De entrega total. De desprendimiento por amor. De disposición plena. Del brindarse de Dios.

Es el comienzo de un plan establecido en la eternidad con el propósito de enriquecernos con su propio Ser. Nace en un pesebre para ennoblecernos. Nos regala de Él mismo. Se pone en nuestra condición. La asume para mostrarnos lo que muchas veces no vemos, o no queremos ver... Sin Él no tenemos nada. Solo con Él lo tenemos todo.

El pesebre es una señal profetizada desde siempre. Setecientos cincuenta años antes dijo el profeta: Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel (Isaías 7:14). El pesebre es señal. No es casualidad que no hubiera lugar en el mesón. Era así como tenía que suceder. Sin pesebre no hay Emanuel (Dios con nosotros). Sin pesebre seguíamos pobres nosotros. Por siempre.

El pesebre es señal de la inmensa Gracia del Salvador. El que nos salva de la más intensa y terrible de las pobrezas que se pueden soportar. La de vivir sin Dios. La de pasar nuestra vida sin tener posibilidad de ser habitación de su Presencia. Porque en realidad, nuestro ser interior es tan humilde como ese pesebre. Y allí también, Él no tiene dificultad en habitar. El pesebre es una señal apropiada de ese hecho. Y de que si Jesús está en nuestro ser, es porque quiere enriquecernos.

ORACIÓN:
Dios mío, pienso en ese humilde lugar donde quisiste hacer habitar tu pequeñez, y me emociona hasta lo más profundo. Porque allí, en lo más profundo de mi ser, puedo estar seguro de que Tú habitas.
Ese pesebre en el que reposaste al nacer, me es señal.
Vives en mí aun sabiendo lo que muchas veces —en pobreza— se encuentra dentro de mí y no es digno de Ti. Pero allí estás, Emanuel. ¡En mí!
¡Has venido a mi vida para enriquecerla con tu presencia!

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18 de Diciembre. La Noticia.

Sucedió que cuando los ángeles se fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.
Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño.
Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.
Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.

Lucas 2:15-20

Este pasaje de Lucas termina describiendo una gran necesidad. Necesidad que no siempre tenemos en cuenta cuando meditamos en el nacimiento del Señor Jesucristo. Los pastores que fueron visitados por ángeles y recibieron la oportunidad de ser testigos de la mayor manifestación de Gloria que el mundo recibió desde su Creación, no pudieron quedarse totalmente satisfechos con esa sola experiencia.

¿No se dieron cuenta? Esos hombres humildes, a quienes el Cielo favoreció dándoles a conocer el misterio más grande que ser humano alguno pudo experimentar —que el Dios eterno se hiciera carne— tuvieron la urgente necesidad de completar esa obra de Gracia que Dios les regaló. Parece absurdo que no se experimentaran satisfechos luego de tal privilegio, pero es así: necesitaron hacer algo para completar todo lo que les había sucedido.
Por favor, lee nuevamente el pasaje de cabecera.

¿Aún no lo descubres?... En realidad, son dos necesidades en una las que tuvieron, para recién entonces estar en condiciones plenas de poder disfrutar lo que recibieron. Esos pastores necesitaron dar a conocer a otros la experiencia recibida y luego, manifestar ese inmenso favor que llegó a sus vidas, expresándolo en profunda y gozosa adoración.

Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño... Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.

Esto nos enseña un valor de la Navidad que no podemos dejar de lado o soslayar, para que el mensaje que contiene nos sea completo en satisfacción: hay que compartirlo y expresarlo con el mayor de los gozos posibles.
Es evidente que los pastores no se pudieron contener. Recibieron el anuncio. Fue un privilegio que los honró. Lo comprobaron y disfrutaron. Pero no quedó todo en eso. Tuvieron que darlo a conocer para completar su satisfacción, y también luego, expresar ese gozo glorificando a Dios.

Navidad no se completa si todo queda en nosotros. Es casi imprescindible, para que su sentido pueda disfrutarse plenamente, expresarlo, compartirlo, darlo a conocer, y sobre todo en asombro, dar gloria al Autor y Generador de tal felicidad. No puede celebrar- se Navidad sin compartirla. No puede disfrutarse plenamente sin adorar.

De la misma manera en que quedamos extasiados ante algo hermoso y bello, y casi sin darnos cuenta expresamos el deleite de lo que comprobamos, así también es necesario expresar el descubrimiento del impresionante amor de Dios por nosotros. Un amor que no lo detuvo en dejar su Gloria para venir a buscarnos.
¿Cómo callar entonces ante tan inmenso privilegio? ¿Cómo no compartir con otros lo recibido en gracia? ¿Cómo no alabar llenos de gozo al Salvador? ¿Cómo quedarnos callados, impidiendo que otros puedan conocer también la noticia? ¿Cómo detener el cauce de algo tan abundante en alegría?

Ser testigos de tal noticia nos obliga a darla a conocer. ¡Es indetenible! No se necesita una orden del Cielo, porque el corazón de quienes la reciben se hace Cielo. La vida de esos pastores ya no fue nunca más igual. El texto dice que volvieron. Volvieron a sus mismas tareas de cuidado de su rebaño. Al mismo lugar donde tal vez fue- ron hallados por los ángeles. Pero volvieron expresando adoración porque sus vidas ya nunca serían las mismas, y necesitaban darlo a conocer. Porque la noticia del sabernos de tal manera amados por Dios solo se completa cuando la compartimos.

Y todos los que los oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.

Los pastores sintieron la necesidad de anunciar lo que habían visto y oído. No pudieron contener tan grande felicidad, por lo que, con la simplicidad y espontaneidad de un niño, salieron para dar fe de lo vivido. No tenían ninguna instrucción; solo el deseo desenfrenado de hablar, de darlo a conocer. Atrás había quedado el cansancio de la jornada, de las caminatas con su rebaño y de la vigilante espera mientras sus animales dormían por la noche. Se sintieron partícipes de una historia en la cual ellos eran parte y el mundo no podría obviar ni olvidar. ¿Te has dado cuenta de que Dios te hizo parte de una historia que es necesario compartir para poder disfrutarla en plenitud?

ORACIÓN:
Padre, en humilde adoración honro tu bendito nombre por tan grande salvación con la que me has visitado en amor. Te doy gracias por todos aquellos que, habiendo experimentado el gozo de tu salvación, lo completaron en mí, dándome la oportunidad de ser yo también receptor de tan grande noticia.
Muchas veces me olvido que decir “evangelio” es decir “buena noticia”. Anhelo ser como esos pastores que no pudieron detener el compartir con otros lo que se les había dicho, y en mi diario vivir celebrar la Navidad dándola a conocer con el mismo gozo de ellos.

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19 de Diciembre. Explosión de gloria.

Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.
Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
Lucas 2:7-14

Setecientos cincuenta años antes, Isaías lo vio. Vio en visión que el cielo se iluminaba de una manera extraordinaria en una noche cerrada, oscura. Esa oscuridad representaba la ausencia de esperanza de un pueblo que le había dado la espalda al consejo de su Dios.

Pero aun así, lo que ve el profeta le revela el apasionado amor de ese Dios por los suyos: Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia... El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos... Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz (Isaías 9:1,2,6).
La escena que relata Lucas en su Evangelio describe el cumplimiento de toda esa promesa profética, pero de una manera que jamás nadie hubiera imaginado. Porque ese niño que vio Isaías no nace en un palacio real, sino en un humilde caserón, en el lugar reservado para los animales.

El Admirable prometido es engendrado, no del vientre de una reina, sino de una humilde muchachita que vino desde Nazaret, de un lugar del que, al decir de todo judío estricto en su religión, jamás podría salir algo de bueno (ver Juan 1:45,46).

El Consejero profetizado literalmente está envuelto en pañales, y lo único que puede hacer es llorar, esperando ser amamantado.

El Dios Fuerte que salvará a Israel, según la visión, es frágil, dependiente, está expuesto y es prácticamente incapaz de hacer nada por sí mismo.

El Padre Eterno es un bebé.

El Príncipe de Paz no tiene un trono, sino un pesebre tosco con paja a modo de cuna.

Aquel que es visto por el profeta, tan poderoso como para llevar el principado sobre su hombro, es decir, para ejercer el gobierno y la autoridad, se angustia porque probablemente, como a todo recién nacido, retorcijones en sus intestinos no desarrollados le producen dolor por los gases.

¡Sin lugar a dudas! ¡Una escena del cumplimiento de la visión del profeta que jamás nadie imaginaría!

Es por eso que Lucas relata también que los habitantes del Cielo —los ángeles que sí son testigos conscientes de ese hecho tan extraordinario como inesperado para los hombres— no pueden dejar de expresar su asombro ante ese tan sabio y glorioso plan de salvación que comienza a llevarse a cabo, y explotan (no puedo encontrar una palabra mejor que esta) en alabanzas, en medio del resplandor de la Gloria de Dios que en ese momento ilumina los cielos oscuros del lugar, tanto físicos como espirituales.

¡Y esos seres angelicales plenos de luz comienzan a adorar y adorar, haciendo que todo se estremezca en el Cielo!... Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

Es el contenido que expresa el cántico de los ángeles lo que nos revela aún más su asombro: Dios se exalta en su humillación. Su Gloria no está en mostrarse tremendo, tal cual lo es, ¡sin dudas! Su Gloria está en expresar toda, absolutamente toda nuestra fragilidad en sí mismo. Su Gloria es hacerse como nosotros, para desde nuestro lugar sujetarse también a sí mismo a nuestra condición débil.

El Admirable se hace carne que se expone a nuestras mis- mas limitaciones. Dolor. Enfermedad. Cansancio. Sueño. Esfuerzo. Hambre. Todo aquello que nos pasa será también lo que le pase.

El Consejero tendrá que ahora aprender a hablar, a conocer, a relacionarse.

El Dios Fuerte solo será fuerte si se alimenta, se desarrolla, y crece como todos nosotros. Aprenderá además a caminar, a correr, a saltar. El alcance de sus fuerzas será como el de las nuestras.

Un Padre Eterno que se humaniza en impresionante temporalidad, exponiéndose a la muerte.

Un Príncipe de Paz que en gobierno ejecutará sobre sí mismo el castigo de nuestras maldades.

¡Esa es la Gloria que no pueden dejar de declarar los ángeles! ¡Asombrosa Gloria! ¡Impresionante Gloria! ¡Gloria que expresa desde las alturas, a la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
Entiendo que fue la mayor concentración de seres angelicales desde su misma Creación. Absortos todos los ángeles, para con- templar el maravilloso amor de Dios por los hombres. Ser testigos de ese inconmensurable amor divino produce en ellos un éxtasis maravilloso. ¡Es puro deleite! ¡Es un gozo maravilloso! ¡Deslumbrante!

Y es entonces cuando todo el cielo nuestro —pequeño en comparación con el Cielo del Reino— intensamente se ilumina, por todo ese deslumbre de seres celestiales, y las palabras del profeta se cumplen: El pueblo que andaba en tinieblas, vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos.

Esos ángeles ya lo saben. Ya saben que ese niño, Dios hecho hombre, justamente por ese amor por los suyos, se dejará llevar a una indigna cruz. Y permitirá que lo expongan hecho maldición por nuestros pecados. Y esos mismos ángeles en probablemente la misma intensa expectación, tendrán que esperar aún unos años más para volver a intervenir y adorar. Pero esa es otra historia. La de la resurrección. Otro hecho glorioso del Dios hecho carne.

ORACIÓN:
Señor, Sublime. Magnífico en todos tus hechos. Asombroso. Sabio. Como dices a tu profeta: ¿A quién te haremos semejante? ¿Con quién te compararemos? Nada te iguala. ¡Eres en verdad impresionante! Tus planes no pueden revelarse a nuestro entendimiento. Solo podemos humillarnos ante Ti, y como lo hicieron los ángeles, adorar. Únicamente adorar.

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20 de Diciembre. Reyes del Oriente.

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.
Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.
Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:
Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará[a] a mi pueblo Israel.
Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.

Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Mateo 2:1-12

Te cuento algo que quizás te sorprenda ¡y mucho! ¿Sabías que estos hombres, conocidos popularmente como los reyes magos, viajaron más cuando estuvieron muertos, que cuando desde el Oriente fueron a Israel en busca del Mesías para adorarlo?

¿Te sorprendí? Bueno, permíteme contártelo, aunque lo que voy a contarte —como mucho de lo que habitualmente se cree de ellos— es puro mito. Según la tradición, estos orientales murieron en Persia. De allí sus restos venerados fueron llevados a Constantinopla, en 490 d.C. Posteriormente, aparecieron en Milán. Y finalmente se los trasladó a Colonia, Alemania, en cuya catedral descansarían actualmente con una inscripción que ingenuamente dice: “Habiendo sufrido muchas penurias por el evangelio, los tres sabios se encontraron en Armenia para celebrar la Navidad. Después de la misa, murieron. San Melchor, el 1 de enero, a los 116 años. San Baltazar a los 112 años, el 6 de enero. Y San Gaspar, el 11 de enero, a los 109 años”. Así que de hecho, los cuerpos de los reyes sabios parece que ¡viajaron más estando muertos que cuando estaban vivos!

Y en tren de romper mitos, en ningún lugar de la Biblia dice que fueran tres —cosa que se supone por los tres presentes con los que adoraron a Jesús: oro, incienso y mirra— y tampoco afirma el texto bíblico que fueran reyes. Se los elevó a la categoría de reyes en el siglo ll, adoptando el salmo mesiánico 72:10,11, que dice: Los reyes de Tarsis y de las costas traerán presentes, los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones. Todos los reyes se postrarán delante de él. La interpretación de este texto se aplicó al relato de Mateo sobre los magos que del Oriente vinieron a Jerusalén.

¡Ah, algo más! Recién en el siglo Vll se les dio nombres: Melchor, Gaspar y Baltazar. En el siglo Vlll, se dijo que eran de razas diferentes. Y por último, recién en la Edad Media se empezó a creer que Baltazar era negro.

¡Uh, todavía tengo otro dato que puede interesarte! No se los llamaba “magos” porque hicieran trucos de magia. Ese nombre le era dado en Caldea y Mesopotamia a científicos que estudiaban el universo, las estrellas visibles y los movimientos planetarios. Eran los que hoy llamamos astrónomos.

Recordemos que los judíos habían influenciado poderosamente todas esas naciones cuando, llevados como esclavos por los babilonios, permanecieron allí por cerca de cien años, y compartieron celosamente su fe en las promesas dadas por el Señor acerca de la venida futura de un Mesías Rey. Expectación que difundieron en todo el tiempo de su cautividad.

Como estudiosos y conocedores del movimiento de las estrellas, esos astrónomos antiguos observaron un movimiento o fenómeno inexplicable en los cielos, y de alguna manera lo interpretaron como una señal del nacimiento del Rey de los judíos. ¡Y hacia Israel salieron!

Es probable que a lo que se refiere el texto como una estrella, sea en realidad un cometa, aunque especialistas en astronomía lo ven como la posible triple conjunción entre Júpiter, Saturno y la Tierra, con el sol. Alineación que se da cada 900 años, y que puede repetirse tres veces en un corto período, dando la impresión del acercamiento entre dos objetos cósmicos muy brillantes. Esto explicaría que luego de salir de Jerusalén hacia Belén, los magos orientales hayan visto la estrella nuevamente.

No debería sorprendernos tanto que Dios guiara así a estos convencidos creyentes mesiánicos, ya que encontramos en el relato bíblico que en otras ocasiones el Señor usó de estos fenómenos para conducir a su pueblo, como cuando a través de la columna de fuego por las noches guio a Israel por el desierto.

Bien, luego de toda esta “descontrucción” de los mitos alrededor del relato de los magos ¿Qué nos queda? Y, nos queda lo más importante. Diría Lutero: “Sola scriptura”. ¿Para qué más que la pura revelación de la Palabra? Y sobre todo el verdadero sentido del relato en el interés de su autor, Mateo. Mateo escribe su Evangelio dirigido a una comunidad judeo-cristiana. Y en el relato encontramos dos cosas.

La primera, un llamado de atención. Ellos se consideraban el pueblo elegido. El pueblo poseedor de las Santas Escrituras. Y curiosamente, el pueblo que debía esperar por el Mesías, no se da cuenta de que ya les ha nacido. Que Dios ha cumplido la promesa. Mientras que aquellos a quienes ellos despreciaban como paganos lo han descubierto en las estrellas.

¡Y lo más terrible! Cuando Herodes manda a preguntar a los principales sacerdotes y a los escribas, eximios conocedores de las profecías, dónde estaba establecido que nacería el Mesías anhelado, ellos le dicen dónde las Escrituras lo revelaban, ¡pero ninguno de ellos se molesta en acompañar a los magos a Belén para comprobarlo! Mateo está mostrando así, en este relato, el estado de profunda indiferencia e incredulidad de un pueblo que decía tener puesta su esperanza en su Dios.

La segunda, un llamado a una adoración dedicada. Los magos no se detienen. Reciben la información que necesitan e inmediatamente salen en busca del Mesías. Y Dios premia su actitud, guiándoles nuevamente. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.

Mateo intenta con esto alentar a sus lectores a nunca dejar de buscar apasionadamente al Señor. A no dejarse vencer por las circunstancias. A permanecer. A prevalecer. A no actuar como los religiosos, que a sabiendas de la noticia, se quedan especulando. O como Herodes, simulando.

En definitiva, no basta con saber de la revelación bíblica: es necesario salir en busca de aquello que creemos del Señor, hasta encontrarlo. Dios premia siempre esa actitud.

¿Será está Navidad un tiempo para salir de tradiciones vanas y conformismos religiosos, en busca de un verdadero encuentro de adoración al Rey de nuestra vida?

ORACIÓN:
Querido Señor, me avergüenzan mi comodidad y mi conformismo.
¡Hay tanto en Ti por ser descubierto aún! No permitas que me pierda la oportunidad de alcanzar un encuentro todavía más profundo contigo. Líbrame de especular con lo que ya tengo o conozco de Ti y de tus propósitos. Deseo tener ese mismo anhelo que llevó a esos hombres a buscarte y a no detenerse por nada ni por nadie, hasta hallarte. ¡Oh Dios, guíame a un precioso tiempo de genuina adoración!

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21 de Diciembre. Estrella.

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.
Mateo 2:1;2

Se ha dicho mucho (tal vez demasiado) acerca de qué o cuál fue la señal de esa estrella que apareció para guiar a aquellos hombres que llegaron desde el Oriente en busca del Rey de los judíos, que según entendían, había nacido en Israel. Vimos ayer que pudo ser una conjunción de planetas, Saturno, Júpiter con el sol y la Tierra, que hizo que algo muy brillante se distinguiera en el cielo. Johannes Kepler, astrólogo y astrónomo renacentista y católico devoto, habló de esta coincidencia astronómica ya en 1604, como la causa que guio a los magos de Oriente, cuando este fenómeno se repitió en esos días y atrajo la atención de muchos científicos de la época.

Posteriormente, se dijo que a esa conjunción planetaria se unió el nacimiento de una supernova que hizo que el fenómeno se multiplicara en brillantez. Incluso se habla de la explosión de una hiper-nova o estrella súper gigante, en la vecina galaxia de Andrómeda, que produce diez veces más luz que una supernova.

Y así, cada vez que el relato bíblico nos recuerda esa señal que siguieron esos hombres que vinieron de tierras tan lejanas en busca del Mesías nacido, comienzan nuevamente las especulaciones acerca de lo que fue o no fue ese misterioso y extraño incidente que movilizó y conmovió a Herodes, el rey de turno, y a toda la ciudad de Jerusalén, como lo dice el relato de Mateo.

No es que esté mal tratar de encontrar una explicación científica al hecho de esa estrella brillante que declaró el nacimiento de Cristo, pero la revelación bíblica no persigue la sola comprobación científica de los hechos que describe, y mucho menos que al ser comprobados, podamos entonces decir que deben ser aceptados como verdaderos.

La Biblia no es un libro de ciencia humana, sino un libro que describe una ciencia de carácter espiritual, cuyos relatos producen fe, confianza, esperanza, conductas de vida sana, impulsos por lo digno y honesto, sanidad del alma, equilibrio moral, justicia, paz, generosidad, perdón mutuo entre personas, igualdad social, prosperidad, aceptación, amor, amistad, y sobre todo, reconciliación y una nueva relación con Dios.

Quedarnos en lo que fue o no la estrella que guio a esos hombres a un encuentro con Dios es, muchas veces, quedarnos en el borde y sin disfrutar plenamente el contenido de la intención del relato. Lo que describe este texto del Evangelio de Mateo es mucho más importante que saber si esa estrella fue una supernova, o el cometa Halley. Este pasaje nos invita a ser mucho más sensibles a aquellas señales que el Señor pone en nuestras experiencias de vida para atraernos a Él. Nos habla del Dios que nos busca. Del Dios que prepara hasta lo cósmico y lo ordena en detalle para expresarnos su deseo de que lo hallemos. Nos habla de que si estamos dispuestos, Él no cesará de posibilitar que le encontremos.

Este texto de Mateo nos invita a salir de nuestro lugar cómodo de vida, como esos hombres que viajaron meses para solo estar un pequeño momento en adoración. Nos moviliza a darnos por entero en nuestra relación con el Señor, porque ese niño que encuentran en Belén los magos de Oriente nace para luego darse por ellos en una cruenta cruz. Y por eso este texto nos hace saber que es importantísimo adorarlo, porque es el Dios que por amor se mete en carne humana para salvarnos.

No es un rey que viene a competir con Herodes por un gobierno pasajero, es un Rey que viene a mostrar un gobierno eterno. Para siempre y siempre. No importa tanto lo que fue o no la estrella, si en ella podemos descubrir un signo, una señal de interés maravillosa de parte del Creador. Para que volvamos a Él. Para que persistamos en buscarlo.

El relato de la estrella se une a cientos de relatos en toda la Biblia que tienen la intención de ayudarnos a recuperar nuestra relación con el Señor. El mar que se abre en dos con Moisés. El maná que cae de noche. El río cuyas corrientes dejan de fluir con Josué. Los muros que se derriban al grito del pueblo. El sol que se detiene para la conquista de la tierra. La pequeña piedra de David que mata al gigante Goliat. Los muros de Jerusalén que se levantan en cincuenta y dos días luego de estar destruidos por cien años, con Nehemías. Y muchos otros tremendos prodigios que describe la Palabra son solo señales que nos permiten saber que Dios está apasionado de amor hacia nosotros, y que es su anhelo —sin dimensiones limitan- tes en su vasto universo— que podamos recibirlo abundantemente. Por eso, es capaz de usar una estrella para guiarnos hacia Él.

Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre Maria, y postrándose lo adoraron.

ORACIÓN:
Gracias, bendito Dios! Gracias por no cesar en tu deseo de buscarnos. Gracias por la pasión eterna de tu corazón, que no deja ni un instante de insistir una y otra vez en declarar que nos amas.
Gracias por lo que tu Palabra nos revela para invitarnos a estar abiertos a este encuentro. Cada prodigio de la Biblia, como el de esta estrella que guía, nos recuerda que estás dispuesto a movilizar el universo que Tú creaste, para darnos la posibilidad de encontrarnos contigo.
¡Que el gozo de esos magos al hallarte sea, en esta Navidad, el mismo que nosotros disfrutemos! ¡Te adoramos, Señor!

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22 de Diciembre. Oro.

Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
Mateo 2:11

Una de las cosas más interesantes con respecto al oro es que se supone que su origen fue la explosión de una supernova, que produjo la fusión del hierro estelar con minerales más pesados, como el uranio, que no se producen naturalmente en la Tierra. Desde la antigüedad, alquimistas intentaron obtenerlo a partir de metales inferiores, lo que es imposible. Es por eso que la cantidad de oro existente en la Tierra es una constante.

Por otra parte, es altamente resistente a la corrosión. Es altamente manejable y se considera el metal más maleable que existe, lo que lo hace muy útil para ser utilizado en la ornamentación de otros objetos a los cuales quiere darse valor o belleza. Al no alterarse ni oxidarse, tampoco pierde su brillo con el tiempo. Puede fundirse para purificarse a altas temperaturas sin perder su valor, y al enfriarse recupera plenamente su estado original.

Desde siempre ha sido socialmente aceptado como símbolo de realeza, triunfo, estabilidad, importancia y gloria. El oro es el valor de intercambio que más se ha utilizado de forma prolongada en el tiempo, en prácticamente todo el mundo y en diferentes expresiones culturales.

Resumiendo, tenemos entonces que el oro tiene un origen estelar. No puede reproducirse por operación alguna humana. Su existencia es siempre constante. Es altamente manejable, dúctil, maleable, y realza con su belleza otros objetos. No se altera. No se oxida. No pierde su brillo. Si se funde, recupera plenamente su estado original sin perder su valor. Es un símbolo de realeza, triunfo, estabilidad, importancia y gloria. Su sumo valor es apreciado por todas las culturas.

Sin que yo tenga que aplicar sus virtudes, identificándolo con la persona de Jesucristo, ¿te animarías a hacerlo tú mismo?

Por favor, repasa el resumen que recién leíste de las características del oro, y piensa: ¿pueden ellas ser un símbolo exacto de reconocimiento en adoración de la persona de Jesús?

Anímate. No continúes leyendo sin hacerlo. Porque luego quisiera que pienses en por qué los astrólogos llamados magos viajaron desde lugares tan lejanos para traer ese oro en adoración al que ellos reconocieron como el Rey de Israel.

Esto es lo que yo puedo compartir desde la revelación de la Palabra:

Su origen estelar: Vosotros sois de abajo, Yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo (Juan 8:23).
No existe otro igual a Él: El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos (Juan 3:31).
Su existencia siempre constante: Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos (Hebreos 13:8).
Su presencia en brillo y belleza que realza: De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna (Juan 6:47).
No se altera: Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17).
No se oxida. No pierde su brillo: Por lo cual estoy seguro de que no la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38,39).
Si se funde, recupera plenamente su estado original: Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar (Juan 10:17,18).
Es un símbolo de realeza, triunfo y gloria: No temas; yo soy el primero y el último, y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades (Apocalipsis 1:17,18).

ORACIÓN:
Eterno Dios. Rey de todo lo creado. Hacedor de toda vida. Glorioso sin igual. Eres formidable y hermoso. El oro de este mundo es un pequeñísimo símbolo de tu Gloria y Majestad. Sirve solo en valor humano para describir tu Grandeza y Potestad. Pero a tu lado ¡es como nada y menos que nada!
Jesús, tú eres incomparable, y no hay medida, ni algo precioso de este mundo que pueda compararse contigo. Como dice la canción: “¡La gloria de esta tierra nada es... todo cae a tu presencia, oh Rey!”
Te adoro, Señor. Me humillo ante Ti. ¡Bendito sobre todo lo bendito! ¡Tú eres el Oro del Cielo, y le has dado a mi vida un precio sin igual! Cubres mi ser con el esplendor eterno de tu brillo.

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23 de Diciembre. Incienso.

Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
Mateo 2:11

La parte del cerebro responsable de nuestro sentido del olfato —el sistema límbico— está relacionada con las emociones y la memoria. Es importante que sepamos que nuestro sentido del olfato es ¡10000 veces más sensible que cualquiera de nuestros otros sentidos! Y que el reconocimiento de un determinado olor se produce inmediatamente en nuestro cerebro.

Por otra parte, el sistema límbico, o sentido del olfato, está íntimamente relacionado con la parte de nuestro cerebro que interpreta los datos sensoriales —mucho más rápido que cualquier otro de nuestros sentidos, como el tacto o el gusto, cuyos impulsos deben viajar por las neuronas y la espina dorsal antes de llegar a la corteza cerebral— y debido a esto, traducimos lo que percibimos en olores, casi inmediatamente en pensamientos que luego se convierten en motivaciones de comportamiento. Esto significa que inmediatamente de percibido un olor determinado, nuestros pensamientos reaccionan produciendo una conducta emocional o sensación, incluso hasta muchas veces inconsciente. Es por eso que los olores están ligados intrínsecamente con nuestras experiencias personales, y rápidamente producen motivaciones y estímulos. Y por eso también, todos nosotros experimentamos recuerdos inmediatos al percibir perfumes que nos traen a memoria situaciones, circunstancias o personas.

Bueno, ¿por qué comparto estos datos? Porque el incienso fue muy utilizado en las ceremonias religiosas en la antigüedad, y ocupaba un lugar central en las experiencias espirituales, porque motivaba al creyente a percibir una rápida relación con el dios que adoraba. En este sentido, en el culto del Antiguo Testamento, el uso del buen incienso era de profunda importancia en la tarea sacerdotal, porque cubría las ofrendas y los sacrificios, y representaba que lo ofrecido al Señor llegaba a Él como olor grato. Esto entonces estimulaba en el oferente un sentido de confianza en el saberse aceptado, y quedaba en su memoria un recuerdo ligado al estar bien relacionado y en paz con Dios.

Dice el salmista: Suba mi oración delante de Ti como el incienso (Salmo 141:2). O el apóstol Pablo, al recibir la ofrenda de los filipenses: Habiendo recibido lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios (Filipenses 4:18). Y cuando escribe a la iglesia en Éfeso sobre el sacrificio de Cristo, les dice: Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante (Efesios 5:2). El libro de Apocalipsis hace un énfasis especial y relaciona el uso del incienso con la oración en la adoración celestial: Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos (Apocalipsis 8:4).

Como vemos, el incienso era un elemento fundamental para expresar la comunión con Dios, y sobre todo, en la tarea de los sacerdotes como intermediarios en oración por los creyentes que buscaban relacionarse de manera agradable con Dios. Es por eso que los hombres del Oriente que buscaban al Mesías que había nacido, para adorarlo, al llegar al lugar donde Jesús estaba en Belén, le entregaron el incienso como ofrenda, junto con el oro y la mirra. Este representaba lo agradable a la presencia de Dios que era la vida de Jesús, pero también, su directa relación como nuestro sacerdote delante del Padre, que a través del sacrificio santo de su preciosa vida transformaría las nuestras en un precioso recuerdo de olor fragante en la memoria eterna del Señor.

En sí, el incienso ofrecido por los magos representaba el sacerdocio eterno de Jesús a nuestro favor, asegurándonos que en Él, y por Él, siempre nuestras oraciones llegarán como olor fragante a la presencia del Padre: Mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos (Hebreos 7:24,25).

Hoy quiero afirmar en tu corazón que en Jesús, el nacido para agradar a Dios y por su sacrificio, tu oración siempre será de real olor grato, al acercarte a Él en adoración.

ORACIÓN:
Querido Padre, hoy que aseguro mi corazón en el hecho de que Jesús es mi incienso agradable en tu presencia, anhelo pedirte el poder experimentar mi existencia con memoria de gozo y de paz. Que todo rastro de “mal olor” de mis pecados quede totalmente cubierto por el perfume bendito de la vida mi Salvador en mi propia memoria, así como lo está en la tuya.
Jesús ha saldado todas mis maldades con su preciosa vida. Que el perfume de su Santo Ser llene siempre todo mi ser.

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24 de Diciembre. Mirra.

Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
Mateo 2:10-11

La mirra es un compuesto aromático gomoso que se extrae de la resina de un árbol que crece en el noroeste de Kenia, África. De allí que la tradición haya adjudicado la raza negra a uno de los ficticios personajes de los llamados Magos de Oriente, Baltazar, quien según esa especulación, fue quien trajo la mirra para adorar a Jesús.

La ruta comercial que traía tanto el incienso como la mirra procedía de toda esa zona, y ambas especies eran de inestimable valor en perfumería y en los rituales del Medio Oriente, por lo que era muy lucrativa su comercialización. El libro de Génesis nos relata que José fue vendido como esclavo a una caravana de mercaderes ismaelitas que llevaban especies aromáticas, bálsamo y mirra para vender en Egipto (ver Génesis 37:25-27).

Por otra parte, encontramos también el uso de la mirra en el libro de Éxodo, como el elemento esencial para la preparación del aceite sagrado de la unción, con el que se señalaba a los elegidos de Dios, fueran reyes o sacerdotes, y se los consagraba delante de todo el pueblo, separándolos para una tarea de trascendencia divina (ver Éxodo 30:23-30).

A la mirra se le adjudicaban —como se hace incluso en la actualidad— propiedades medicinales y también analgésicas y anestésicas al mezclarse con vino, y asimismo, era utilizada en ritos mortuorios para preparar y embalsamar a los muertos. En el Nuevo Testamento, encontramos que José de Arimatea y Nicodemo la usaron para envolver con lienzos el cuerpo del Señor luego de su crucifixión y antes de dejarlo en la tumba (ver Juan 19:39,40).

Tenemos entonces los múltiples usos de la mirra en la consagración, en la medicina y en el oficio mortuorio. Al ser ofrendada al pequeño Jesús, estos usos reflejan y simbolizan la tarea sacerdotal que llevaría adelante como el Ungido de Dios, su ministerio poderoso de sanidad, y también su sacrificio y posterior entrada en la muerte para destruir su poder. La mirra ofrecida a Jesús en su nacimiento marcaría su vida como Sumo Sacerdote de Dios, Sanador y el Salvador enviado por Dios, para “cubrir” con gracia (mirra) restauradora nuestros pecados, nuestras heridas y también los dolo- res de la muerte. La mirra lo señalará como el Ungido, y como quien a la vez derramará el aceite de la unción, el Santo Espíritu, sobre su pueblo.

Vimos entonces, en estos tres últimos días de devocionales, que los presentes que le fueron ofrecidos a Jesús luego de su nacimiento —el oro, el incienso y la mirra— representan toda una serie de extraordinarios símbolos posteriores de su vida y ministerio, y por eso convierten nuestra celebración de la Navidad en un hecho de trascendencia extraordinaria. Una marca del impresionante plan de Dios preparado para nosotros, y que debe invitarnos verdaderamente a festejarla, gozosos y humillados frente a tanta manifestación de Gracia.

Jesús es el Rey Eterno. El Rey de Gloria. El Intercesor Santo. Nuestro Perfume de Santidad. El Ungido Salvador y Sanador. El Vencedor de la muerte, y quien derrama su Espíritu sobre nuestras vidas.

Entonces: si Navidad nos habla de todo esto que es Jesús, por favor, es necesario que rescatemos su celebración de todo aquello que pueda distraernos de un genuino reconocimiento del amor de nuestro Dios.

ORACIÓN:
Amado Dios, ¡cuánta Gracia! ¡Cuánta sabiduría! Siento junto al apóstol Pablo decirte: ¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Estoy asombrado de tu Gracia. Me experimento tan plenamente cubierto por ella. Mi Jesús. Mi Rey. Mi Intercesor. Mi Salvador. Mi Sanador. Dios de mi victoria. El que me unge con su Espíritu. Mi Perfume de olor grato. Mi Resurrección.

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25 de Diciembre. Simeón.

Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.
Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.
Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra;
Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los gentiles. Y gloria de tu pueblo Israel.
Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él.
Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.
Lucas 2:25-35

Han visto mis ojos tu salvación... Es como si Simeón le hubiera dicho al Señor: “¡Ya está! ¿Para qué más? ¿Qué más puedo desear en la vida, después de haber visto cumplido lo que me prometiste y esperaba en Ti? ¡Estoy listo Señor para que me lleves a tu presencia! Te he visto, mi Dios... Te he visto, al ver a este niño”.

Generalmente, cuando en los textos bíblicos se hace referencia a la esperanza en Dios, esto no tiene tanto que ver con esperar solo en el obrar de Dios a favor de aquello que el creyente deseaba que Dios hiciera, sino más bien, como el salmista lo expresa, en la esperanza en lo que Él es: Dios solamente es mi roca y mi salvación o Alma mía, en Dios solamente reposa porque de Él es mi esperanza o En Dios está mi salvación y mi gloria. En Dios está mi roca fuerte y mi refugio. Esperad en Él en todo tiempo (Salmo 62).

Claramente encontramos, en estas palabras, que la fuente de la esperanza del creyente se establece en algo que es mucho mayor que ver la solución de un problema o una crisis: la esperanza es poder ver a Dios mismo. Esto es lo que claramente expresa Simeón al ver a Jesús. Ya está satisfecho. Y no con el resultado de lo que Aquel que ve hará —porque sabe que ya no estará para presenciarlo— sino que le basta con ver la promesa de su Dios encarnada en ese niño. Es suficiente para Simeón. Lo que esperó toda su vida está cumplido: ahora sabe y cree profundamente que todo lo demás a su tiempo se cumplirá. Y eso le da paz. Está listo para partir de este mundo: Ahora Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra. Simeón vivió cada día de su vida por esa palabra que Dios le dio, y por la esperanza de verla cumplida.

Es muy interesante, al leer este texto de Lucas, observar cómo se hace énfasis en la relación de Simeón con el Espíritu Santo. Su esperanza estaba sostenida en el tipo de relación que experimentaba con Él: Esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Su fe se fortalecía en la fluida revelación que el Espíritu de Dios le daba: Le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y solo pudo reconocer en ese pequeño niño recién nacido al Dios hecho carne, cuando estimulado y direccionado por el Espíritu Santo, se dejó guiar por Él: Y movido por el Espíritu, vino al templo... cuando los padres del niño Jesús le trajeron.

Toda una vida de esperar en Dios bajo la presencia, la revelación y la guía del Espíritu de Dios. ¡Con razón José y María, los padres de Jesús, estuvieron maravillados de todo lo que les dijo acerca de su pequeño hijo!

Al acercarnos en este día al recuerdo del nacimiento de Cristo, es importante que reflexionemos profundamente en nuestra relación con su Espíritu, porque como vimos en Simeón, toda su esperanza de ver al Ungido de Dios se basó prácticamente en esa relación. Hasta podríamos decir que sin la acción del Espíritu Santo, no habría podido encontrar cumplida su esperanza.

Les propongo algunas preguntas basadas en la experiencia de Simeón: ¿Espero a Dios y en Dios solamente —que es como decir que espero experimentarlo solo a Él y que eso me será suficiente— o mi esperanza está puesta en que Él cumpla algún día mis anhelos personales? ¿Disfruto de la presencia del Espíritu Santo sobre mí mientras aún no veo cumplida mi esperanza? ¿Escucho su voz?
¿Busco y recibo su dirección diariamente? ¿Me habla con preciosas promesas a través de su Palabra? ¿El Espíritu Santo me motiva a descubrir y conocer más a Cristo y disfrutar su salvación? ¿Me siento estimulado por Él a tener un encuentro todavía más formidable con el Señor? ¿Estoy siendo sensible a su suave pero firme guía, permitiéndole conducirme a un desarrollo más pleno de crecimiento en mi vida cristiana?

Hemos compartido veinticinco días de reflexión, que nos han preparado para una celebración más profunda y dinámica de lo que para muchos es solo la tradición de un día por año. Intentamos durante este tiempo develar juntos un panorama más amplio del significado de la encarnación de Cristo, y al llegar a nuestro último día, quiero invitarte finalmente a hacerte esta pregunta: ¿Puedo expresar, al recordar su nacimiento hoy, con la misma certeza en que lo hizo Simeón, que “han visto mis ojos tu salvación“?

ORACIÓN:
Gracias, Señor, por tu guía en estos veinticinco días. Experimento que he podido crecer en el conocimiento de tu tremenda visitación en Cristo. Soy consciente de que es demasiado grande el misterio de tu encarnación, y que jamás podría, sin la ayuda de tu Santo Espíritu, llegar a comprender tan grande y profundo amor. Estoy dispuesto a buscar más su Presencia. A permitirte que me reveles por tu Espíritu de tu Palabra. A dejarme conducir por Él a una comunión más íntima con Cristo. Verte a Ti cada día más claramente será ahora la más preciosa esperanza.

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26 de Diciembre. El día 26.

Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.
Ésta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.
Lucas 2:36-38

¡Finalmente llegamos al día 26! Al llegar a este día de nuestros devocionales, la intención que nos motiva es descubrir que Navidad es un día que se extiende en cada día de nuestros días.

Al comenzar este período de preparación de los veinticinco días de diciembre, para obtener una conciencia espiritual profunda basada en la Palabra de Dios del verdadero festejo del nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo, vimos que la fecha propuesta para tal celebración era una fecha azarosa, y sobre todo motivada por la intención (tal vez buena pero sincrética) de transformar una cultura y costumbre pagana como era la festividad del solsticio, donde se rendía culto al dios sol, en un día donde se pudiera rendir culto al Dios verdadero, encarnado por amor a la humanidad.

Es por eso que puse a nuestro devocional el título de Día 26, porque la intención es extender nuestro sentir de gratitud a una celebración que se corresponda con esta salvación tremenda. Una salvación tan llena de Gracia, Misericordia y Bondad de parte del Dios quien nos ama en una dimensión tan profunda e indescriptible, que merece una vivencia continua, diaria y permanente de reconocimiento y gozo por parte nuestra.

Así, entonces, terminamos este tiempo de estudios devocionales con el día 26, y con el ejemplo precioso de Ana la profetiza, para tomar de ella la impronta. Ana, según describe el texto de Lucas, había vivido desde su viudez ochenta y cuatro años, y solo estuvo casada siete años. Si le sumamos a estos datos los años posibles de su soltería —siendo que en ese tiempo se casaban muy jovencitas, y calculando que tenía al hacerlo entre diecisiete y diecinueve años— nos encontramos con una mujer de más de cien largos años, vale decir, muy pero muy anciana.

Dice Lucas que gran parte de esos años los había dedicado a servir, ayunar y orar en el templo, y que no se apartaba de hacerlo. Esto significa que era una mujer que amaba profunda y vitalmente a Dios. Sin dudas con todo su ser. Es por eso que tal vez conocía a Simeón quien, como vimos ayer, guiado por el Espíritu de Dios día a día esperaba el cumplimiento de la promesa de ver nacido al Ungido de Dios.

Podemos imaginarnos a Simeón, yendo al templo continuamente a investigar cada niño primogénito que se dedicaba y consagraba al Señor, buscando comprobar si era el Mesías que había nacido. Y también imaginarnos a Ana quien, sabiendo que el Señor le había prometido a ese hombre, también ya anciano, que no iba a morir sin ver esa promesa cumplida, seguía sus pasos por el templo. Hasta que finalmente llegó ese día, y Ana pudo ver a Simeón con lágrimas en sus ojos, sosteniendo a Jesús en sus brazos, levantándolo al cielo, alabando y dando gracias a Dios.

Por favor, imagínate por un instante la impresionante emoción de esa mujer, que durante tantos años había esperado ese momento. ¡Días y días de ayuno! ¡Días y días de oración y servicio! Y ahora, por fin estaba viendo cumplida su esperanza. ¡Allí estaba el Enviado de Dios! ¡El Mesías! ¡El Dios hecho carne en los brazos de Simeón, que no dejaba de llorar y dar gracias!

El texto continúa diciéndonos que Ana, al ver a Simeón con el niño en sus brazos, también comenzó a dar gracias, y a la vez, a hablar del niño a todos los que, como ella y Simeón, esperaban la redención prometida por Dios. ¡La promesa estaba cumplida!
¡El Salvador del mundo había nacido! ¡Dios estaba con su pueblo!
¡Emanuel, Dios con nosotros, ya estaba con nosotros!

La alabanza de Ana comenzó a estremecer a todos los que ese día estaban en el templo: ¡Ha nacido el Bendito de Dios! ¡El Señor ha cumplido su promesa! ¡Nos ha llegado el Salvador!
En el capítulo doce del libro de Levítico, estaba establecido por la ley de Moisés que esa ceremonia de dedicación —después del nacimiento de un hijo varón primogénito, en la que lo circuncidaban y consagraban— debía realizarse siete días después de su nacimiento. ¡Pero no importa cuántos días habían pasado! Para Ana, aunque habían ya pasado siete días, ese día en que encuentra a Jesús el Mesías ¡era como el día 26 de diciembre nuestro!

Y lo era porque ese día después del nacimiento del Hijo de Dios
¡no tiene fecha! ¡Es un día de eternidad que abarca todos los días a partir del advenimiento de Dios con los hombres! ¡Se borran las fechas! Ya no hay días, ni meses, ni años, porque el Dios Eterno da por comenzada, el día del nacimiento de su Hijo, una nueva era... ¡El día 26 será el día del para siempre!

¿O acaso no hemos leído una y otra vez Porque Dios es bueno y para siempre es su misericordia, o Con amor Eterno te he amado, por lo tanto te prolongué mi misericordia, o Con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo el Señor tu Redentor?
Ana sabía que no podía dejar de contarles a todos la buena nueva. ¡Y llena de alegría y poder, anunciaba la Salvación cumplida! ¡La gran misericordia y amor de Dios se había hecho carne!

Querido hermano o hermana, ¡de esto se trata el día 26 de nuestros devocionales! De disponernos, cada día de nuestra vida, a celebrar el nacimiento de nuestro Salvador, porque ¡no es una celebración que merezca que la recordemos solo un día por año! ¡Es demasiado grande la noticia de la venida del Hijo de Dios con nosotros! ¡No es suficiente ni expresa verdadera adoración que solo los días veinticinco de diciembre hagamos una fiesta por ello!

¡Como tampoco la celebración es celebración, si solo la disfrutamos nosotros! ¡El nacimiento del Redentor es para todos los hombres a quienes podamos alcanzar con la noticia! ¡No podemos callar una salvación tan grande!

¡Como lo hizo Ana, quiero invitarte a hacer de cada día de tu vida el día 26! ¡¡Estamos en el día 26!! ¡Estamos en el tiempo de lo eterno de Dios! ¡Anunciémoslo! ¡Que todos lo sepan! ¡Compartamos esta noticia tan grande y sublime todos los días de nuestra vida! Como Ana, ¡hasta nuestra ancianidad!

ORACIÓN:
Eterno Dios mío, ¡hoy, 26 de diciembre, sigue siendo Navidad! ¡Y mañana también, como así también cada día por delante en mi vida! Y cuando te digo por delante, pienso ahora que es ¡por toda mi eternidad! Tu fidelidad me ha permitido conocer esta salvación tan grande que trajiste al hacerte como yo. ¡Me humillo al reconocer el amor que me has dado! Amor Eterno que te llevó a traspasar los Cielos al venir en Cristo a nacer en un pesebre. Amor tremendo que te llevó a dejarte crucificar por mis pecados. Amor que nunca acabará.
Es mi deseo poder compartirlo con todos los que pueda, porque es demasiado inmenso para disfrutarlo yo solo ¡y sobre todo, un solo día por año!
¡Sí, Padre! ¡Es mi anhelo ser, como Ana, un testimonio vivo de ese amor, cada día y hasta el último día de mi vida en este mundo!

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16).

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