"El día 26"

Schneir, Gustavo Alberto


El día 26 : meditaciones sobre el nacimiento de Jesucristo / Gustavo Alberto Schneir ; contribuciones de Deborah Alexis Muller ; coordinación general de Mariana Elisabeth Prado ; editado por Irene Owen ; ilustrado por Jorgelina Serrano. - 1a ed. - San Isidro : Gustavo Alberto Schneir, 2019.

88 p. + Juegos : il. ; 22 x 15 cm.


ISBN 978-987-86-2779-3

  1. Jesucristo. 2. Navidad. 3. Biblia. I. Muller, Deborah Alexis, colab. II. Prado, Mariana Elisabeth, coord. III. Owen, Irene , ed. IV. Serrano, Jorgelina, ilus. V. Título. CDD 232


Prólogo

Cuando el emperador Constantino supuestamente se convirtió al cristianismo en el siglo lV (aunque se sabe que detrás de esta “conversión” estaba la pretensión de unificar el Imperio Romano bajo una sola religión), eligió la fe cristiana, por sus valores morales y el creciente auge que tenía entre los ciudadanos romanos. Esta decisión lo llevó a enfrentar el gran desafío de convertir a todo un imperio lleno de paganismo, para lo cual utilizó el método que usaban los romanos con los pueblos conquistados: sincretizar la cultura cristiana y adaptarla a la propia de los pueblos. Ese método consistía en transformar en romanas, costumbres, tradiciones y aun leyes de esos pueblos.

El sincretismo cultural o religioso es la unión de dos tradiciones diferentes que se asimilan mutuamente, y dan como resultado un nuevo culto religioso o cultura, que adquiere elementos y productos de ambas.

En el caso concreto del festejo del nacimiento de Jesús, se tomó la costumbre extendida en todo el Imperio de venerar al dios Mitra, el dios sol, de origen persa, que celebraba con fiestas especiales el día del solsticio de invierno, entre el 22 y el 25 de diciembre, invocando el sostén de la vida por ese dios Mitra que se creía nacía el primer día del invierno europeo. “Solsticio” significa “dios quieto”, y nada mejor que usar esa idea para imaginar, según lo decía el Evangelio de Lucas, al Dios hecho carne, “quieto” en brazos de su madre o en un pesebre. ¿Has visto cómo esta imagen de quietud del niño Jesús aparece en muchas pinturas?

Así que se tomó el día veinticinco de diciembre, y se lo unió a otra celebración pagana de esa fecha, las fiestas saturnales, en honor al dios Saturno, dios de la agricultura, haciendo coincidir esas fiestas paganas para que se transformaran en el día en que se fes- tejaría el nacimiento del Hijo de Dios. De esta manera se introdujo la celebración del nacimiento de Cristo, convirtiendo —o mejor dicho tratando de convertir— una fe pagana en una fe cristiana.

De paso te comento que, por los datos históricos y costumbristas que aparecen en los relatos de los Evangelios, es más probable que Jesús haya nacido en días del principio del otoño europeo que en el comienzo del invierno. Pero no hay una fecha registrada. Eso sí es un dato confirmado. ¡No existe una fecha precisa!

Por eso decidí llamar a esta preparación para una verdadera celebración del nacimiento de Jesucristo El día 26. Porque celebrar su advenimiento no es posible hacerlo solo en un día especial. ¡Es demasiado extraordinario todo lo que Dios hizo para salvarnos, para detener ese festejo a un solo día! ¡Debemos hacerlo cada día de nuestra vida!

Por otra parte, ¡cuán necesario nos es rescatar de tanta ignorancia y mito la Navidad! Casi me atrevería a decir que mucho de lo que hacemos es heredado de ese paganismo sincrético de los romanos.

Es por eso que quiero hacer nuestro, para estos devocionales, el propósito del evangelista Lucas en la introducción que escribe a su Evangelio. Dice Lucas a la persona a quien le escribe: para que conozcas bien la verdad (Ver Lucas 1:1-4). De esta manera Lucas da comienzo a su escrito, porque todo lo que va a relatar —conforme a lo que investigó diligentemente— tiene como propósito que quien lo lea, no lea un cuento o un mito, sino una verdad. Desde ese claro propósito, su Evangelio comienza a desarrollar, a partir del nacimiento de Cristo, el relato prolijo de todos sus hechos y enseñanzas.

Por eso creo que no hay mejor manera para alcanzar una verdadera celebración de Navidad que empaparnos bíblicamente, no solo de lo que nos cuenta Lucas, sino también de los otros relatos en los Evangelios de Mateo y Juan, buscando relacionar todo lo que hallemos con el resto de las Escrituras. Conocer bien la verdad nos permitirá profundizar, en estos veinticinco días de devocionales, el sentido profundo de la encarnación de nuestro Señor y aprender, de cada uno de ellos, detalles que a veces pasamos por alto y que pueden servirnos no para aplicarlos en un solo día por año, sino para celebrarlos en todo momento de nuestra vida.

No es cosa pequeña: Les ha nacido hoy […] un Salvador, que es Cristo el Señor. A través de estas reflexiones, intentaremos prepararnos para celebrar este maravilloso tiempo como corresponde, y entonces... ¡entraremos en el día 26! Pero para saber de qué se trata ese día... ¡es necesario que comencemos desde el primero!

Espero que disfrutes mucho de estos veintiséis días, y aún más, que disfrutes como nunca antes ¡de una verdadera Navidad!

Pastor Gustavo Schneir Iglesia Bautista en San Isidro

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Navidad: Introducción

¡Comenzamos hoy un tiempo hermoso de preparación de 25 días para esta Navidad! Pero, ¿por qué este año queremos “prepararnos”?

Por dos razones. La primera: porque simplemente anhelamos darle un sentido más profundo a un festejo que está rodeado de un montón de tradiciones, costumbres e influencias comerciales, alejadas completamente de la revelación bíblica. Así que lo hacemos para poder disfrutar de su significado, y así dedicar un verdadero espacio de adoración a nuestro buen Salvador.

Y la segunda: porque este año estaremos combinando nuestras reflexiones en paralelo a las que llevarán a cabo nuestros niños. El Departamento de Educación Cristiana de niños de nuestra iglesia ha preparado también, para cada día de este diciembre, una serie de temáticas navideñas, y esperamos que será precioso que padres e hijos compartan lo que cada día reflexionen.

¿Empezamos?

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1º de Diciembre. Profecías

Cuando el apóstol Pedro, luego de la resurrección de Jesucristo tuvo que explicar al pueblo de Jerusalén el milagro de sanidad hecho a un paralítico de nacimiento, dijo esto:

Moisés dijo: “El Señor su Dios hará surgir para ustedes, de entre sus propios hermanos, a un profeta como yo; presten atención a todo lo que les diga.
»En efecto, a partir de Samuel todos los profetas han anunciado estos días.
Ustedes, pues, son herederos de los profetas y del pacto que Dios estableció con nuestros antepasados al decirle a Abraham: “Todos los pueblos del mundo serán bendecidos por medio de tu descendencia”
Hechos 3:22 y 24 y 25

Como vemos, dijo: todos los profetas han anunciado estos días. Estas palabras actúan como un brevísimo resumen que hace Pedro de todo aquello que estaba anteriormente profetizado en el Antiguo Testamento acerca de la venida y la obra del Ungido de Dios, o como decimos en occidente: el Cristo de Dios.

¿Sabes por qué? Porque si tuviera que hacer mención de cada una de esas profecías anunciadas a través de miles de años... ¡debería mencionar nada menos que cerca de 350 profecías! Así que las reduce diciéndoles —a quienes conocían la mayoría de esas profecías, ya que las memorizaban porque eran su esperanza de salvación—: todos los profetas han anunciado estos días.
Y no es meramente un comentario el que hace aquí Pedro. Está afirmando que Aquel que ellos esperaban con tanto anhelo ¡ya había venido! ¡Todo el Antiguo Testamento hablaba de Él! ¡El Enviado de Dios, que era la esperanza de Israel, ya había llegado! ¡Era Jesús, y ese milagro de sanidad extraordinario comprobaba el cumplimiento de cada profecía que lo anticipaba! Es asombroso encontrar tantas profecías, dadas a través de tanta medida de tiempo, cumplidas perfecta y plenamente en Jesús. Profecías que van des- de su nacimiento, su obra, hasta su muerte sacrificial, su resurrección y aun su Señorío eterno.
Pero siendo que en estos días nos estamos dedicando a las profecías que predecían su nacimiento, por lo menos veamos una de ellas, dada al profeta Isaías, 750 años antes de la venida de Jesús.

Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.
Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.
Isaías 9:6-7
Solamente quiero que nos detengamos en dos ideas. La primera: que el niño nacido... se nos ha concedido. La segunda: que esto lo llevará a cabo el celo del Señor Todopoderoso. Si unimos estas dos afirmaciones de la profecía, encontramos que ese nacimiento, como así también todo el desarrollo de la vida del nacido, es un acto soberano de la Gracia de Dios. Es una pura concesión del Cielo sin ningún tipo de mérito del ser humano. Es una visitación promovida eternamente y planeada en cada de- talle. Es Dios mismo interviniendo en la historia humana para traer sus propósitos, y en ellos, su salvación.
Cuando festejamos Navidad, debemos tener siempre presente que no se trata sencillamente de la fecha que le pusimos a ese nacimiento de Jesús el Cristo: 25 de diciembre. No se trata de una fecha especial. Es parte de un proyecto de la gracia eterna de Dios, y así como se cumplió perfectamente en la venida de Jesús, se sigue cumpliendo hoy en nuestras vidas. No tiene que ver con un día...
¡tiene que ver con todos los días desde la eternidad y hasta la eternidad!

El gran motivo del festejo de Navidad es que, por esa gracia, se nos haya permitido a cada uno de nosotros entrar en ese proyecto, y es la gran alegría de comprobar que cada profecía que anunciaba el propósito de su venida ahora está cumplida en nosotros también. Por eso su nacimiento es algo que celebramos ¡cada día de nuestra vida!

El niño nacido... se nos ha concedido... esto lo llevará a cabo, el celo del Señor Todopoderoso.

ORACIÓN:
Señor, ¡gracias por hacerme parte de tu plan eterno! ¡Gracias porque cada profecía sobre el nacimiento de Jesús me incluía! ¡Gracias por tu impresionante gracia para conmigo! ¡Cada día de mi vida quiero celebrarte!

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2 de Diciembre. Mesías

Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?
Mateo 11:2;3

Juan el Bautista, como leemos en este pasaje, estaba en la cárcel. Él sabía que, de un momento a otro, el rey Herodes lo haría asesinar, y en esa situación, nos asombra ver que no se preocupa tanto por lo que le sucederá, sino por el propósito por el que vivió: anunciar al pueblo de Israel que atrás de él, vendría el Mesías.

El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo.
Juan 1:29;30

Es seguro que Juan el Bautista en la cárcel tenía miedo, pero no tanto por sus circunstancias, sino por si podía tener la certeza, antes de morir, de saber que el motivo al cual había dedicado toda su existencia llegaría a cumplirse: el establecimiento del reinado de Aquel prometido por Dios... el reinado del Mesías Ungido para salvar a Israel.
A Juan no le interesa tanto todo lo que a él puede llegar a sucederle; lo que quiere es entregar su vida con el convencimiento de que Aquel a quien él había anunciado ya había venido. Por eso manda a sus discípulos a preguntarle a Jesús: ¿Eres tú Aquel que había de venir, o esperaremos a otro?
Para el pueblo de Israel, decir “Mesías” o “Aquel que ha de venir” era exactamente lo mismo, porque basaban su esperanza de salvación en las promesas que, como vimos en nuestro devocional de ayer, habían anunciado todos los profetas cientos de años antes: la venida de un Salvador enviado por Dios.
Todos sabemos que decir “Mesías”, “Cristo”, o “Ungido de Dios” es lo mismo. Ahora a través de este devocional, de la misma manera podemos saber que en ese tiempo para los creyentes decir Aquel que había de venir también significaba lo mismo.
Juan el Bautista quería asegurarse. Quería morir con la certeza de haber hecho bien su tarea. En paz. Convencido del motivo cumplido al que entregó su existencia: ¿o esperaremos a otro?
Esta actitud me recuerda lo que la leyenda de la gesta sanmartiniana cuenta acerca de lo que dijo el Sargento Cabral, cuando por salvar al general San Martín de la espada del enemigo fue herido: “Muero contento, hemos batido al enemigo”. Así quiere Juan dejar este mundo, sabiendo que él se iba, pero el Mesías Salvador había ya venido.
El Evangelio de Mateo también nos cuenta que cuando durante su ministerio, Juan anunciaba la venida del Mesías, iba diciendo:
Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
Mateo 3:11
Estas palabras indican que Juan tenía la convicción de que con la llegada del Mesías comenzaría un nuevo tiempo de la presencia del Espíritu Santo en este mundo. Una presencia que cubriría finalmente esta tierra de bendición, porque bautizaría de Dios nuestras vidas.
Entonces Navidad, el nacimiento del Mesías, no es un recuerdo histórico de simplemente un día al año. Navidad es la esperanza cumplida de la presencia de Dios en la cual podemos vivir sumergidos cada día de nuestra existencia... Aquel que había de venir...
¡ya ha venido! ¡Jesús es el Mesías enviado del Cielo, para salvar- nos de transitar esta existencia sin conocer la gloria de Dios!
Juan el Bautista dio su vida por anunciar esta esperanza. Los profetas antes de él también lo hicieron, vislumbrando esta esperanza... ¿Podrías hoy tú, a manera de testigo por experiencia, hacer saber a todos y hasta como ellos, entregar tu vida por dar a conocer a otros esta esperanza?


ORACIÓN:
Amado Dios, anhelo en este tiempo dar a conocer esta bendita esperanza, por la que hombres y mujeres como Juan el Bautista dieron su vida. No quiero pasar una Navidad más sin proclamarles a todos que Aquel que había de venir ¡ya vino!, y está accesible para todos aquellos que quieran vivir sumergidos en la presencia de tu Santo Espíritu. ¡Gracias por el Mesías Salvador! ¡Gracias por Jesucristo! ¡Y gracias, también, por el ejemplo de siervos como Juan el Bautista, que estuvieron dispuestos a vivir y morir para anunciarlo!

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3 de Diciembre. El anuncio del Ángel.

Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.
Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.
Lucas 1:26,27;30;38

Es muy significativo este pasaje. Sobre todo, porque nos permite conocer el impresionante respeto para con nuestra libertad de decidir con el que el Señor lleva adelante todos sus propósitos.
Medita por favor en estas preguntas: ¿Por qué Dios envió al ángel Gabriel a María para comunicarle lo que Él pensaba hacer? ¿No es acaso Dios, el Todopoderoso Dueño de todas las cosas que existen, y por ende también, de toda la vida humana? ¿Por qué entonces tenía que comunicarle a María lo que se proponía hacer para con ella y de ella? ¿Por qué no hace Dios directamente lo que quiere hacer y sin tantas vueltas?
¿Mover toda la estructura del Reino de los Cielos, para comunicarle a una humilde mujer, de una humilde ciudad —incluso des- valorada para la mayoría de los religiosos judíos (ver Juan 1:46)—, su propuesta de usarla para sus propósitos? ¿Enviar a uno de sus principales ángeles, Gabriel, solo para que le asegurara a esa mu- chachita judía que no tuviera temor si quedaba sorpresivamente embarazada? ¿Para qué tanta consideración?¿Era necesaria tanta explicación? (Ver Lucas 1:31-35.)
Hasta parece que el ángel Gabriel necesita asegurarle pacientemente a María que lo que el Señor se propone obrar puede llegar a hacerlo porque nada hay imposible para Dios. (Ver Lucas 1:36,37.)
Sin lugar a dudas, todo esto que tomamos tan normalmente del mensaje del ángel Gabriel a María, debería ser para nosotros un mensaje profundo sobre el tremendo respeto de Dios por nuestra libertad de decidir si acordamos participar o no, de sus maravillosos propósitos.
Entendamos la visita del ángel de esta manera: Gabriel no le está comunicando simplemente un mensaje a María. En realidad, le está participando de una invitación a unirse —libre y voluntariamente— a todo lo que el Señor se proponía hacer.
Y así actúa el Señor con cada uno de nosotros. Nos participa. Nos invita a ser parte de sus propósitos. Nos deja elegir. No nos obliga. No nos empuja. No nos impone su voluntad. La comunica. Nos la hace conocer primero. La revela. La explica.
Él es el Rey. Él es el Dueño. Nada es imposible para Él. Sin embargo, de la misma manera, es un apasionado y meticuloso pre- servador de nuestra libertad de decisión. Por eso envía al ángel Gabriel con un mensaje para esa joven doncella. Porque ama la libertad de María, así como ama su propia libertad. Respeta a María, porque se respeta a sí mismo. Porque Dios nunca va a hacer nada que exponga la esencia pura de su Santo Ser, imponiendo algo a quienes creó para confiar en Él.
¡Y esa misma ha de ser la confianza que debe sostener nuestra relación con el Señor! ¡Jamás el Señor dejará de participarnos de sus propósitos para nuestras vidas! ¡Siempre nos permitirá elegir antes, el unirnos o no, a su Voluntad! ¡Y si es necesario, moverá el Cielo de sus ángeles mensajeros, para hacernos conocer su invitación!
En esta Navidad, ten presente que el mensaje del ángel Gabriel sigue vigente para nosotros también... No exactamente en el contenido de lo que le anuncia a María, sino en todo el respeto del Señor a nuestra libertad de decidir si queremos o no, unirnos a sus propósitos. Recién cuando María respondió diciéndole al ángel: hágase conmigo conforme a tu palabra, fue que Dios comenzó el proceso del cual invitó a María a ser parte, y en su vientre, maravillosamente, ¡se hizo hombre para venir a salvarnos!

ORACIÓN:
Bendito Dios, ¡defensor maravilloso de nuestra libertad! Nos asombra tu infinita sensibilidad en comunicarnos tu voluntad. ¡Por eso eres Santo!
¡Tan distinto y separado de nuestro proceder! ¡Líbranos de ser desconsiderados y vulgarizar tu libertad en ofrecernos libertad! ¡Eres tan inmensamente sensible en respetar nuestras decisiones!
En esta Navidad, nos humillamos al comprender que el profundo sentido del mensaje del ángel a María, es que de la misma manera, nos invitas a nosotros también a unirnos a tus propósitos redentores.

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4 de Diciembre. El cántico de María.

En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá;
Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones.
Lucas 1:39-48

Desperdiciamos este relato si no podemos, a través de él, trasladar nuestra imaginación al ambiente de fe y alegría que debería contener toda celebración navideña.

Comencemos con el ambiente de fe. Imaginemos por un momento ese encuentro entre María y su prima Elisabet. María, quien no sabe aún que ya está embarazada (Dios no se tarda cuando le decimos hágase conmigo conforme a tu Palabra), llega a la casa de su prima —quien vivía en la región montañosa, a unos cuatro o cinco días de camino desde Nazaret—, ávida de ver qué ha su- cedido después del anuncio que recibió del ángel con respecto a que Elisabet llevaba ya seis meses de embarazo.

Durante esos cuatro o cinco días de viaje, se habrá preguntado tantísimas veces si sería verdad todo eso, sabiendo que su prima era estéril y de edad avanzada para poder ser madre. Y al fin, cuando llega y Elisabet sale a saludarla, le dice lo que acabamos de leer en el pasaje del Evangelio de Lucas. (Leer nuevamente el encabezado bíblico.)
¿Se imaginan la sorpresa? María, que viene para comprobar si lo recibido del ángel con respecto a Elisabet era verdad —porque de esa manera comprobaría que ella también quedaría embaraza- da— y su prima, que sale y comienza a profetizar casi a los gritos y tomándose su vientre porque la criatura saltaba de alegría, acerca del privilegio que tiene en recibir a la madre de su Señor de visita.
En ese preciso momento, María se entera de que lo que le había dicho Gabriel de parte del Señor, no era un hecho que sucedería con ella en algún momento futuro, ¡sino algo que ya le había sucedido! ¡Estaba embarazada! ¡La Palabra de Dios estaba cumplida en ella, sin que ella supiera cómo había sucedido! ¡Bastó su sí y Dios lo hizo! ¡Sería la madre del Mesías esperado de Israel!
Y entonces todo ese ambiente de fe dio paso al de la alegría también. Suponemos que los abrazos y el contarse entre ellas cómo Dios había actuado habrán durado largo e interminable tiempo. Tenían mucho que compartir y —sin olvidar que eran mujeres— ¡mucho por hablar!
¡Y por supuesto, risas! ¡Risas de nervios! ¡Risas de sorpresas!
¡Risas de encuentro! ¡Risas de ser compañeras en los misterios de Dios! ¡Risas de imaginarse el futuro familiar! ¡Risas por la cara de José cuando se enterara (aunque allí María se habrá puesto un poco seria)! ¡Y más risas!... Tanta alegría en el espíritu, que de repente, María comienza a cantar y es ella la que ahora profetiza, como antes lo había hecho Elisabet con ella: Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador...
¡Y María canta, canta y canta! ¡Canta mucho y dulcemente! (Te invito luego a leer todo su cántico en Lucas 1:46-55.) ¿Sabes? No hay mayor motivo de alegría que haberle creído al Señor, y ser sorprendidos por el cumplimiento de su Palabra.
Este pasaje nos invita a eso. A permitirnos, en esta Navidad, dejar al Señor sorprendernos con su Palabra. A tomar verdadero gozo en el cumplimiento de todo lo que Él nos ha revelado. Y sobre todo, a compartir esa fe y esa alegría —como lo habrán hecho María y Elisabet— con quienes son compañeros de vida en los misterios de Dios.

ORACIÓN:
¡Oh, Señor! ¡Mi alma te engrandece! ¡Mi espíritu se regocija en Ti, mi Salvador! Eres notable en todos tus propósitos y hechos. ¡Cómo anhelo estar mucho más atento a lo que me has dicho que a todas mis vanas preocupaciones! ¡Todo se cumplirá conforme a tu Palabra!
Quiero, en esta Navidad, llegar a vivir con mis compañeros de vida
—mi familia, mis hermanos en la fe, mis pares de servicio— verdaderos tiempos de fe y alegría. Y con corazón lleno de esperanza ¡cantar y cantar, como María, porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso!

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5 de Diciembre. José.

El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.
José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente.
Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.
Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS,[a] porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:
He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
Y llamarás su nombre Emanuel, m que traducido es: Dios con nosotros.
Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer.
Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.
Mateo 1:18-25

El nombre “José”, en hebreo, es una forma apocopada (¡qué palabra rara!). Un apócope de un nombre propio es una forma que usamos cuando, por ejemplo, en lugar de decir “Mauricio”, decimos “Mauri”. Es decir, una reducción de un nombre. O cuando decimos “pa”, en lugar de “papá”.
Y de eso justamente se trata nuestro devocional hoy: del “pa” humano de Jesús.
Siguiendo con el nombre José… Es un apócope de “Ja-Asaf” o “Yahweh-Aspa”, que significa “¡Que Dios añada!”.
¡Y vaya que lo anhelado en ese nombre por los padres de José, se cumplió ampliamente en la vida del hijo que luego él aceptó y crió como suyo propio! ¡Generaciones de hijos de Dios fueron añadidos, gracias a que José creyó que su destino era amar como suyo propio el hijo que Dios le pidió que recibiera!
Por favor, ¡no te olvides nunca de que, de alguna manera, por crianza espiritual, tú eres también generación de José! (¿Acaso la Biblia no nos dice que Jesús es nuestro hermano mayor? Romanos 8:29.)
Bueno, pero siguiendo nuestra meditación sobre José, el padre adoptivo de Jesús: ¿qué cosas podemos saber de él?
No se sabe mucho, pero según el pasaje bíblico de nuestro encabezamiento, conocemos que era justo. Esto no significa solo que se trataba de una persona recta, o de buen comportamiento. En ese tiempo se les decía justos a aquellos que eran considerados líderes religiosos del pueblo, y que por su estricto cumplimiento de la ley de Moisés, eran respetados por todos.
Es por eso que José, dice el relato, quiso dejarla secretamente a María. Porque si se quedaba iba a tener que denunciarla públicamente como adúltera, cosa que significaría el apedreamiento hasta la muerte de su amada comprometida. Y si no lo hacía, sería avergonzado y perdería su reconocimiento y honor delante de todos sus conocidos.
Así que pensó en dejarla secretamente. Para que seguro lo inculparan a él del embarazo y eso salvara a María, sin tener él que enfrentar la afrenta de los demás. Sin embargo, en sueños, el Señor le pidió que se quedara, y que embarazada recibiera a su mujer. Esto es, que sacrificara su buen nombre y honra por participar de los propósitos de Dios, y tener el privilegio de criar como un justo, al hijo que María tenía en su vientre.
¡Tremendo pedido, pero así lo hizo José! Y lo hizo así, porque prefirió perder su fama antes de perder la oportunidad de ser un instrumento humano del obrar salvífico de Dios: llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.
Un detalle más que en el relato bíblico podemos conocer de José, es que su oficio era la carpintería. De allí que al Señor le dijeran el hijo del carpintero (Mateo 13:55). Esto significa que Jesús aprendió el oficio de su padre, tal como se esperaba del hijo primogénito en ese tiempo. José tenía la habilidad de arreglarlo todo, y le enseñó a su hijo a hacerlo así también. Su taller era un lugar donde lo arruinado se reparaba. Lo feo se hermoseaba. Se rehacía lo des- hecho. Y se ajustaba lo desajustado. Y allí, en ese taller, Jesús fue acostumbrándose poco a poco a transformar lo que tenía en las manos.
¿Habrá aprendido en el taller de su padre terrenal, lo que hoy sigue haciendo Jesús, en y con nuestras vidas? Yo creo que es muy probable. Jesús aprendió de su padre, y perfectamente, cómo arreglarlo todo. Cómo reparar las almas arruinadas por el mal uso. Cómo hermosear vidas. Cómo rehacer corazones destrozados. Cómo enderezar lo torcido por las heridas, y además darle también equilibrio a nuestra existencia para que luego tenga un buen uso.
¡Creo que sí! Del taller de Yahweh-Aspa, el Dios que añade, Jesús aprendió a transformar vidas.
Esto también es Navidad. Es la oportunidad de otra vez poner nuestras vidas en las manos del eximio Carpintero. El hijo sabio del justo José, el artesano.

ORACIÓN:
Me impresiona, Señor, tu habilidad y sabiduría para trabajar paciente- mente en mi vida. ¡Sin dudas, eres un prodigioso artesano! Me modelas. Le das forma preciosa a mi alma. Me reparas. Me enderezas. Me lustras. Me hermoseas. Me transformas.
Puedo comprender que Navidad significa que te hiciste hombre, y te metiste en el taller de tu padre, para conocer en Ti mismo, todo aquello que yo necesito para poder tener una nueva y mejor oportunidad de vivir plenamente.

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6 de Diciembre. Emanuel.

Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS,[a] porque él salvará a su pueblo de sus pecados.
Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:
He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, m que traducido es: Dios con nosotros.
Mateo 1:21-23

Sucede que nos hemos acostumbrado a “Manuel”, a “Manu”, a “Ema”, y aun a “Manuelita la tortuga”, todos esos nombres derivados del significativo nombre que, revelado al profeta Isaías por el Señor setecientos cincuenta años antes, se le daría a Jesús el Salvador: Emanuel, que traducido es Dios con nosotros (Isaías 7:14). Y la verdad ¡casi todo padre quisiera que su hijo o hija llevara ese nombre, con tal significado: Dios con nosotros!
Pero tal vez, como sucede con la Navidad, el uso común del nombre hace que se vaya perdiendo la consciencia de su significa- do. Deja de ser notable. Se vuelve común. Nos acostumbramos. Se “normaliza” y deja de impactar nuestros sentidos espirituales. Y es así que el que Dios se haya hecho carne humana por amor a nosotros se vuelve casi insípido, sin sabor, soluble en medio de un montón expresiones pseudo navideñas que no tienen nada que ver con el anuncio del ángel del Señor a José: llamarás su nombre Emanuel, que traducido es Dios con nosotros.
Me gustaría pedirte que por un momento te detengas en la lectura y repases con profundidad el significado del nombre, hablándole a tu alma, suave y a la vez meticulosamente. Repite en tu interior meditando lentamente: Dios con nosotros... Dios conmigo... Dios en mi vida... Emanuel, el Dios que vino a salvarme. Recuerda que tienes que convencer a tu alma. Tú sabes lo abrumada que está, por situaciones y circunstancias que la ocupan.
¿Lo hiciste? Entonces sigamos.
Es interesante notar que el Evangelio de Mateo comienza y ter- mina con esta idea. Emanuel está en el primer capítulo y también en el último de este Evangelio. ¿No te diste cuenta? Entonces leamos Mateo 28:20: He aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.
¿Lo viste ahora?¿Pudiste ver el nombre Emanuel? Ese Yo estoy con vosotros es el nombre del Señor. No solo es una promesa, sino que también es una certeza presente: Emanuel vino y nació, para quedarse para siempre con nosotros.
A propósito de esto: cuando aquí Jesús dice hasta el fin del mundo, el original del escrito del Evangelio de Mateo utiliza la palabra griega aion, que se traduce “mundo” en español. La palabra aion es un término que se utiliza para describir un período de tiempo indefinidamente largo, con un énfasis en las características de ese período conjuntamente con su duración. Es decir, aion o “mundo”, en su uso idiomático, designa algo que “dura con la misma calidad por siempre y siempre”.
Cuando descubrimos esta idea, podemos darnos cuenta de que Emanuel vino y nació ¡para quedarse con nosotros para siempre y siempre! ¿Puedes ahora darte cuenta por qué te pedí que detuvieras tu lectura, y le hablaras a tu alma? ¡Navidad no significa solo que Jesús el Emanuel nació! ¡Navidad también significa que el Emanuel ahora está presente en tu vida! ¡Y Navidad también tiene el valor de asegurarte que Emanuel estará contigo para siempre y siempre! ¡Vuelve a hablarle a tu alma! ¡Dile que no tema! ¡Tu Emanuel es Dios contigo permanentemente! ¡Él es hoy tu Navidad!

ORACIÓN:
¡Emanuel! ¡Emanuel! ¡Bendito Dios conmigo! ¡Por siempre y siempre!
¡En cada momento de mi vida! ¡En cada instante! ¡En toda circunstancia!
¡Nunca dejarás de ser mi Salvador!

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7 de Diciembre. Rey.

Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.
Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;
y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Lucas 1:31-33

Lo primero que tenemos que preguntarnos, antes de entrar hoy en el tema de Jesús que nace para ser Rey, es si es relevante para nosotros, personas del siglo XXI, este término de lenguaje que des- cribe a alguien como rey. ¿Significa algo —sobre todo en nuestra Latinoamérica— el término “rey”? Posiblemente tenga más relevancia hablar de gobernante, o líder, o presidente y aun caudillo. Pero la palabra “rey”, ¿de qué nos habla? ¿Qué imagen representa en nuestro imaginario? Sobre todo cuando el texto bíblico nos habla de que reinará para siempre, y su reino no tendrá fin.
Para poder entenderlo mejor, creo que sería más explicativo fijarnos en qué tipo de reinado es al que hace referencia Jesús, cuan- do alude a sí mismo como rey. Cuando Jesús más habla de esto, es en los momentos cercanos a su muerte sacrificial. Antes de ello, podemos comprobar en los Evangelios, que cada vez que la multitud se proponía hacerlo rey, Jesús rechazaba ese intento o directamente se iba. Juan, en su Evangelio, destaca esta actitud: Pero entendiendo Jesús que iban a venir a apoderarse de Él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte Él solo (Juan 6:15).
Claramente vemos que Jesús no tenía ningún interés en ese tipo de reinado que los hombres imaginamos. ¡Lo rechazaba! De hecho, justamente resistió a Satanás, cuando le mostró todos los reinos del mundo, y se los ofreció si postrado le adoraba.
¡No! Definitivamente a Jesús no le interesaba ese tipo de reinado.
Sin embargo, es interesante ver que, acercándose a su muerte, el Señor acepta considerar un tipo de reinado, pero muy diferente al que generalmente contemplamos. Podemos ver esto en la forma en que se lo hace entender a Pilato, cuando este lo interroga por la acusación que sobre Jesús habían presentado los religiosos judíos: ¿Eres tú el rey de los judíos? Su respuesta: Mi reino no es de este mundo... Mi reino no es de aquí (Juan 18:33-36).
Estas palabras con las que Jesús responde a Pilato nos permiten entender que la aceptación de su reinado no tenía que ver con las coronas que ofrece la cultura de nuestro mundo, sino que presagiaba un trono al que llegaría a través de la cruz; que en lugar de aclamación y honra de majestad, le sería dado en medio de las mofas y de las burlas. Escribió Pilato un título, que puso sobre la cruz, el cual decía: JESÚS NAZARENO, REY DE LOS JU- DÍOS (Juan 19:19).
Entonces vemos que Jesús acepta que es Rey, y hasta muere por ello, pero rechazando un reinado con pautas de gobiernos humanos, meramente en sentido político o de reconocimiento social. Él acepta ejercer su reinado, pero haciendo ver ante todo la revelación y la realización de la realeza del Padre. Es Rey en una cruz, porque su poder se realiza y se manifiesta a través del amor de Dios.
Es en esa cruz donde Jesús se corona Rey. Y es en esa cruz, don- de como Rey, vence al pecado, vence al diablo, vence a los poderes de maldad, vence a la distorsionada cultura de este mundo y también vence a la muerte, para conquistar entonces, la eternidad del Padre, para de esa manera y como Rey también, darnos a nosotros el Reino de los Cielos.
Su poder: el amor de Dios. Su corona: la de espinas. Su trono: la cruz.
Navidad nos recuerda el tipo de reinado que hemos recibido y sostiene nuestras vidas eternamente. Podemos con convicción y seguridad, decir por siempre: ¡Su Reino no tendrá fin!

ORACIÓN:
¡Oh, Jesús, Rey de Reyes y Señor de Señores! ¡Conquistador poderoso! Tu Reino ha nacido en mi corazón. Tu amor me hace li- bre de toda condena y esclavitud, y me permite gozarme en que tu reinado, manifestado en la cruz, me asiste para vencer en toda situación de vida en el poder de tu glorioso Nombre. ¡Sí, para mí, tu Reino no tendrá fin!

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Mundo

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo.
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.
Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
Juan 1:9-13

Vamos a comenzar nuestra reflexión con algunas preguntas:
¿Por qué piensas que, siendo que Dios en Cristo creó el mundo (como dice nuestro texto), el mundo no quiso conocerle? ¿Por qué no quiso el ser humano reconocer la amorosa venida de su Creador en su búsqueda? ¿Por qué no le recibió?

Uno podría decir, al examinar todos los textos que nos hablan de la venida de Cristo al mundo, que el mundo no le recibió ni le conoció, porque Jesús rompió con todos los moldes de comprensión de ese mundo, en cuanto a la forma en que, en Él, Dios se hizo presente.

¿Dios haciéndose bebé para nacer de una humilde mujer virgen y no de una esplendorosa reina? ¿En un humilde establo y no en un fastuoso palacio? ¿En una pequeña y casi desconocida aldea llamada Belén y no en el centro de la adoración y cabeza de todas las ciudades de Israel? ¿Con un padre humano carpintero y no con un padre humano sacerdote real? ¿Rodeado de animales y humildes pastores en lugar de sabios y poderosos señores? ¿De noche y sin que nadie lo supiera y no de día y aclamado por una multitud? ¿En un colchón de paja y no en una cuna de oro? ¿Con pañales de tela común en lugar de las sedas de oriente?... ¿Es que el Creador pue- de nacer así? ¿Dios en pañales delante de unos pobres pastores de ovejas?

Evidentemente, ¡es casi lógico que el mundo y los suyos no hayan querido recibirlo, y que ni siquiera lo hayan conocido! ¡Jesús, cuando vino y nació en este mundo, rompió los moldes, los conceptos y las estructuras de valorización de nuestro mundo!

Pero si esta fuera la contestación a nuestras preguntas, queda- ría afuera algo que la misma Palabra de Dios se encarga de responder, y que posiblemente nos dé una mayor comprensión del rechazo que del mundo de los hombres Jesús soportó. Miren lo que el mismo apóstol Juan dice en su Evangelio, en el tercer capítulo, en el verso 19: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Esta pienso que es la mejor respuesta a nuestras preguntas: ¿Por qué el mundo no recibió a su Creador? Porque la mayoría de la humanidad amaba más las tinieblas que la luz. Esta pasa a ser una mejor respuesta, porque es la respuesta que nos da la misma Biblia, y realmente tiene mucho sentido.

Si Jesús es la Luz del mundo (Juan 8:12), y si nosotros vivimos siempre una vida correcta, no nos va a importar que esa vida se manifieste por el obrar de la Luz. Al contrario: ¡vamos a querer que se vean nuestras obras! Pero si nuestras obras son oscuras, vamos a querer permanecer en oscuridad, y evitar que la luz exponga lo malo. No nos interesa en lo más mínimo que nuestras flaquezas se expongan ante nuestros propios ojos ¡y mucho menos ante los ojos de los demás! A menos que Dios obre primero en nuestros corazones, vamos a preferir la oscuridad.

Si todo quedara aquí y así, entonces Navidad no tendría ningún sentido. Jesús la Luz nace, pero nadie del mundo lo quiere recibir. Pero volvamos a leer atentamente el texto de cabecera: Mas a todos lo que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne (esto es, no por iniciativa o esfuerzo humano) sino de Dios. Esto quiere decir que si hemos recibido a Jesús, y por eso mismo hoy podemos decir que somos hijos de Dios, lo hemos hecho no porque nosotros lo hayamos querido, sino porque Dios mismo también tomó la iniciativa de abrir nuestro corazón a la luz que trajo su Hijo. Como dice el texto: fuimos engendrados... por voluntad de Dios.

Jesús nació en un humilde establo, del vientre de una humilde mujer, con un humilde padre humano, en una humilde aldea de Israel (que, por otra parte, era una humilde nación en el mundo), puesto en una humilde cuna, rodeado de humildes pastores y sus animales, envuelto en humildes pañales, rompiendo todos los moldes, los conceptos y las estructuras de valorización de nuestro mundo... ¿Sabes por qué? Porque también necesitó ser recibido en corazones tan humildes como el tuyo y el mío, que no podían hacer nada y ni siquiera tenían suficientes cualidades para poder reconocerle como nuestra Luz sin la gracia de Dios.

Este es el mensaje de Navidad.

ORACIÓN:
Querido Dios, no me quedan palabras para agradecerte por tan grande y notable misericordia que manifiestas hacia mí. ¡Cuán ciego a tu Luz hubiera vivido, si Tú no hubieras abiertos mis ojos a tu verdad! ¡Qué triste y oscura sería mi existencia sin haber recibido a Jesús! Mi condición de ser tu hijo es producto de tu inacabable amor hacia mi vida. ¡Gracias por haber nacido en este humilde corazón!

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Luz

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Este era en el principio con Dios.
Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Juan 1:1-5

Debido a que cuando hablamos de “luz”, podríamos darle infinidad de aplicaciones (y mucho más cuando hablamos de Jesús como la Luz de vida del ser humano), intentaremos definir la idea de esta palabra, utilizando el valor antagónico que le da la misma Biblia.

Dice el apóstol Pablo, describiendo a los corintios la ausencia de luz, en su segunda carta a esa iglesia: El dios de este siglo (en clara referencia a Satanás y su operación en la cultura humana) cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la Gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4). Encontramos, en esta expresión del apóstol, que tener el entendimiento cegado impide al ser humano contemplar el resplandor de la luz del evangelio o, como dice la versión NTV, ver la gloriosa luz de la Buena Noticia.

Así que, si el entendimiento cegado representa la oscuridad del pensamiento, es seguro entonces, que la luz representa el entendimiento liberado y claro: la perspectiva correcta y limpia de todas las cosas. Y sobre todo, una mente en acuerdo con la mente de Dios.

Pablo mismo también diría a los corintios: Nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). Tener la luz que Jesús trajo al mundo, la luz que resplandece en las tinieblas, y contra la cual las tinieblas no prevalecen, es tener nuestra manera de pensar la vida plenamente identificada con el pensamiento de Dios.

El verbo en el griego original que se traduce “prevalecer” es el verbo katalambano. Esta palabra puede tener tres significados. Puede significar “apoderarse” o “dominar”. Esto entonces significaría que las tinieblas no pueden apoderarse ni dominar la mente de un cristiano cuando está identificada con la mente de Dios en todo.

Segundo, puede significar “percibir”. Aquí entonces significa- ría que, al tener la Luz de Dios en nuestra perspectiva y planes de vida, las tinieblas no pueden percibir o entender con claridad hacia dónde llevamos nuestras decisiones de vida.

Y tercero, puede significar “apagar, sofocar o extinguir”. De esta manera entonces, podríamos traducir: las tinieblas no pueden extinguir la Luz de Dios.

En las tres traducciones factibles es posible agregar que sucede todo lo contrario: ¡la Luz en las tinieblas resplandece! ¡Es por eso que posiblemente Navidad es siempre celebrada con tanta luminosidad! ¡Y posiblemente también esta sea la razón de todo el resplandor celestial que se manifestó en el momento del naci- miento de Cristo!

Había pastores en la misma región, que velaban y guar- daban las vigilias de la noche... y he aquí , se les presentó un ángel del Señor, y la Gloria del Señor les rodeó de resplan- dor (Lucas 2:8,9).

¡La noche se volvió un claro día! ¡Todo comenzó a resplandecer!
¡La Luz que era la vida de los hombres ya había nacido! ¡Las tinie- blas no podían prevalecer sobre tanta gloria! ¡El Cielo y sus ángeles anunciaban el maravilloso prodigio!

¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena vo- luntad para con los hombres! O, como dice Juan en su Evange- lio: ¡En Él está la vida, y al vida es la luz de los hombres!

Celebrar Navidad es celebrar el poder pensar nuestra vida con la perspectiva de Dios, y si así lo hacemos... ¡no hay tinieblas algu- nas que puedan prevalecer contra ella!

ORACIÓN:
¡Qué privilegio, Señor! ¡Tener tu mente! ¡Poder pensar y definir mi vida desde tu eterna sabiduría! ¡Ya puedo mirar las cosas desde tu perspectiva y tus propósitos acerca de mi existencia, y sin temor de que la oscuridad me nuble el destino glorioso que preparaste para mí! ¡Gracias por tu magnífica buena Voluntad para conmigo! ¡Ya puedo intentar ver todo con tu luz!

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Zacarías

Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase,
conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor.
Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso.
Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso.
Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor.
Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.
Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.
Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas.
Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.
Lucas 1:8-13/ 18-20

¿Nunca te preguntaste por qué el ángel Gabriel dejó mudo a Zacarías? Probablemente este sea uno de esos pasajes que pasamos de largo porque no tenemos muchas respuestas. Además de que puede parecernos un poco dura la reacción de Gabriel frente a la duda de Zacarías. ¿Era para tanto? ¿Dejarlo mudo?

Depende del enfoque que le demos, porque lo que el ángel le comunica no es simplemente una noticia sobre un milagro que fertilizará el vientre de Elisabet, su mujer, sino que le dice que dará a luz en ese hijo por venir un propósito en el que estaba en juego el plan mismo de la salvación de la humanidad.

El hijo que Dios les concedería, no les era dado solo porque se lo habían pedido innumerables veces al Señor, sino porque en ese hijo se ponía en marcha un anuncio de gloria que vendría al mundo.

Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento;
porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos.
E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
Lucas 1:14-17

Pero si aún no lo saben, Zacarías no solo quedó mudo: ¡es muy probable que haya quedado también sordo!

Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar al niño;

y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías; pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan.
Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela que se llame con ese nombre.
Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo le quería llamar.
Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron.
Lucas 1:59-63

Observen esto: Preguntaron por señas a su padre, cómo le quería llamar. ¿Piensan que si Zacarías hubiera podido oír, se lo hubieran preguntado por señas?
Así que tenemos a un hombre al cual le es comunicada una noticia tremenda —que además, se le dice, le va a traer muchísima ale- gría— y que se queda sordomudo por dudar.

Bueno, tal vez todo este suceso no nos tendría que extrañar tanto, porque conocemos de muchas oportunidades, en la historia bíblica, en que la expresión de la duda en su pueblo terminó complicando los procesos salvíficos del Señor. ¿O por qué creemos que cuando el pueblo de Israel tenía que conquistar la ciudad de Jericó, Dios les prohibió hablar, y solamente les hizo marchar en total silencio durante siete días alrededor de sus muros hasta que cayeran? Pensemos también lo que sucedió cuando, cuarenta años antes, Dios los liberó de la esclavitud con prodigios y salieron al desierto: a pesar de lo que vieron que Dios había hecho por ellos, el pueblo frente a cada dificultad protestaba y murmuraba poniendo en duda su obrar. La Biblia nos cuenta que toda esa generación quejosa terminó quedándose sin entrar a la tierra prometida.

A veces creo que es mejor que el Señor nos deje mudos, antes de que podamos perder la oportunidad de disfrutar sus maravillosas obras. Piensa en esto: cuando Zacarías entra en el templo a ofrecer el incienso —cosa que a algunos sacerdotes no les tocaba hacer en toda su vida, y él tuvo el inmenso privilegio de hacerlo por- que salió “sorteado” (¿Quién habrá intervenido en ese sorteo?)— y se le aparece un ángel, y además le dice que Dios escuchó su oración y que le dará un hijo, y encima, le profetiza el nombre que le pondrá: Juan, que significa “favorecido por Dios”... ¿Era necesario que Zacarías le preguntara al ángel como él conocería esto?... ¡Qué más necesitaba para creer! Sin embargo, se pone a cuestionar el anuncio, porque era viejo y su mujer de edad avanzada. ¿En qué conoceré esto? Que era como decir: “¿Qué me estás diciendo, no te diste cuenta de que no podemos?”

Entonces, el ángel Gabriel lo deja sordomudo. ¿Por qué? Para que Zacarías no arruinara con la expresión de sus dudas, lo hermoso y tremendo que de parte de Dios iba a recibir. Así que durante nueve meses estuvo meditando en silencio, aprendiendo que Dios siempre cumple lo que promete.

Conclusión: Zacarías fue doblemente bendecido. Tuvo milagrosamente su hijo, y además ¡fue librado de quedarse sin disfrutarlo!

¿Qué aprendemos? Que algunas situaciones por las que atravesamos y que probablemente no nos gusten, o nos molesten, o nos dificulten, son permitidas por el Señor no para castigarnos, sino para librarnos de nuestros cuestionamientos y falta de confianza en el cumplimiento de sus promesas.

Observemos cómo termina esta historia:

Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios.
Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas.
Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo:
¿Quién, pues, será este niño? Y la mano del Señor estaba con él.
Lucas 1:64-66

ORACIÓN:
Señor, ¡quiero aprender a guardar silencio en espera del cumplimiento de tus maravillosas promesas! ¡Hablo tanto! ¡Opino tanto! ¡Mi lengua es más rápida que mi meditación! ¡Reconozco, arrepentido, que muchas veces juzgo las cosas mirando mis posibilidades en lugar de descansar en las tuyas!
¡Pero gracias, amado Dios, porque Tú siempre llevas adelante todo lo que has dicho, y me permites darme cuenta de que es mejor esperar calladamente el tiempo de tu obrar! Hoy comprendo por qué al hijo de Zacarías le pusiste el nombre de Juan: favorecido por Dios. Ante toda situación que enfrente, voy a declarar que ¡yo también gozo de ese, tu favor!

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11 de Diciembre. Juan

Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;
Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;
Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, Para perdón de sus pecados,
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte;
Para encaminar nuestros pies por camino de paz.
Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.
Lucas 1:76-80

Vimos ayer que el nombre de Juan significa “favorecido por Dios”. Este es un nombre que le fue dado a Zacarías, su padre, cuando el Señor le hizo anunciar por el ángel el milagro de su gestación, a pesar de la infertilidad de Elisabet, su esposa, y la vejez de ambos.

“Favorecido por Dios” es un nombre que nos hace pensar en una vida maravillosa. Inclusive, el ángel le dijo a Zacarías: Tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento. Así que podríamos pensar que la vida de Juan sería como a veces nos imaginamos “una vida color de rosa”.

Sin embargo, leemos que, luego de la preciosa profecía de su padre cuando nace, el texto dice que, luego de crecer, fortalecido en su espíritu, Juan terminó viviendo en el desierto hasta que comenzó su ministerio en Israel. El Evangelio de Marcos nos cuenta cómo Juan, el favorecido de Dios, vivía en el desierto:

Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre.
Marcos 1:6

Después de leer como vivía Juan, y aplicando nuestras comunes evaluaciones y criterios acerca de lo que debe ser una persona bendecida con tal nombre, ¿podríamos decir que este hombre llevaba una existencia “favorecida”? No creo, ¿verdad? Ninguno de nosotros se animaría a evaluar tal manera de vivir como “una vida con el favor de Dios”.

Sin embargo, desde la perspectiva bíblica, la vida de Juan contaba con esa gracia superior del Cielo en todo lo que experimentó, ya que tuvo el privilegio de adelantar y anunciar la venida después de él, del mismo Hijo de Dios.

Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado.
Marcos 1:7

Y no solo lo anunció, sino que también ¡tuvo el honor de bautizarlo!

Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Marcos 1:9

¡Y aquí no termina todo! Leamos lo que relata el Evangelio de Juan:

También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él.
Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.
Juan 1:32-34

Juan: favorecido por Dios. ¿De qué se trataba ese favor de Dios? De una vida llevada en comunión con la presencia de Dios. De una vida guiada constantemente por la dirección del Señor. De una vida encarnada en el propósito de Dios. De una vida de servicio a Dios. De una vida que da testimonio del obrar de Dios. De una vida que anuncia la Salvación de Dios.

Entonces nos damos cuenta de que todos los otros detalles — desierto, vestido, alimentos, vida social— aparte del pasar de Dios por la vida de Juan, fueron solo eso: detalles casi sin importancia que, al lado de sus experiencias espirituales, no son para nada significativos a la hora de evaluar si Juan fue o no un “favorecido de Dios”.

¡Sin dudas, lo fue! ¡Fue muy, pero muy favorecido! ¡Y de tal manera disfrutó del favor de Dios, que Jesús mismo dijo de él:

¡Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista! (Lucas 1:28).

Creo que esto confronta profundamente nuestras perspectivas del significado de contar con el favor de Dios. No puede medirse con pautas comunes de nuestra cultura, o con el parecer empequeñecido de lo que nosotros estimamos como valioso. El favor de Dios no se evalúa por metas de éxito humano, ni de fama de hombres, ni siquiera de medidas de riqueza material o lazos sociales, ni de títulos o estima, reconocimiento o bienestar.

El favor de Dios se evalúa por cuánto desarrollamos nuestra comunión con Dios. Cuánto fuimos sensibles a su dirección. Cómo encarnamos su propósito. Cómo le servimos. De qué manera afectó nuestro testimonio a otros. Y el alcance de a quienes llegó el anuncio de su Salvación.

Recuerda que en Navidad, celebramos esta misma condición del favor de Dios.

ORACIÓN:
¡Tu favor, Dios, tu favor! Líbrame de medir el estado de tu Gracia a través de los pobres anteojos de mis perspectivas, que encima están empañados por mi egoísmo. Permite que al comprender el significado del haber sido favorecido por tu elección, me encare con mayor convicción hacia tus propósitos, y siempre disfrute, como Juan, ¡el ser usado para tu Gloria!

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12 de Diciembre. Linaje Familiar

Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos.
Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram.
Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón.
Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí.
Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías.
Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa. Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías.
Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías. Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías.
Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.
Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.
Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor.
Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud. Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob;
y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.
De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.
Mateo 1:2-17

¿Otro cómo?¿Que son aburridas? También es probable. Sin embargo, para el pueblo judío eran fundamentales, porque comprobaban la línea ascendiente que unía a los personajes bíblicos con el Rey David y finalmente con Abraham. El primero, porque fue quien recibió de Dios la promesa del trono de Israel por siempre para su descendencia. El segundo, porque es el padre de todo el pueblo de Israel, a quien el Señor prometió bendecirle, engrandecerle y hacerlo bendición para todas las familias de la tierra.

Por eso, el texto comienza diciendo: Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Aquí debe leerse “descendiente de”. Aclarado esto, y a pesar de todo lo que nos cuesta pronunciar ciertos nombres de la lista, como Aminadab, o Naasón, o Eliaquim... (¡y ni intenten leer los de 1 Crónicas!), debemos sí por lo menos entender medianamente por qué a Dios le interesa incluir esta lista genealógica al comienzo del Evangelio de Mateo, y hacerlo como si fuera una especie de carta de presentación que anticipa los relatos del nacimiento de Jesús.

Hay cinco cosas que puedo compartir para convencerlos, aunque solo me voy a quedar en una de ellas.

Esta genealogía:

Demuestra que Dios es el Dios de la historia y que esta le interesa.
Demuestra que Dios interactúa con personas reales.
Demuestra que Dios puede usar personas imperfectas para llevar a cabo sus propósitos.
Demuestra que a Dios le preocupan las familias.
Demuestra que Dios entiende perfectamente nuestras limitaciones.

¿En cuál me quedo? En la del medio, la tercera, porque es la que relaciona a todas las demás: Dios puede usar personas imperfectas para llevar a cabo sus propósitos.
Si leemos meticulosamente esta lista genealógica, vamos a encontrar, por ejemplo, a Jacob, el tramposo. A Judá, que engendró de Tamar (¡su nuera!) a Fares. A Salomón, que engendró de Rahab (¡de oficio prostituta!) a Booz. Al mismo Booz (bisabuelo de David), que engendró de Rut (¡una moabita de un pueblo que adoraba ídolos demoníacos!) a Obed. Luego al mismo David, que engendró a Salomón con la mujer de otro hombre, Urías. Y mejor no hablemos de Roboam, ni de Manasés. Ni de ningún otro más, porque como se dice, “para muestra basta un botón”, aunque ¡ya mostré varios!

En cada uno de estos personajes que forman la genealogía nada menos que de ¡el Hijo de Dios encarnado! (o sea, hecho tan hombre como sus antepasados), encontramos un sinnúmero de defectos, errores, debilidades y pecados terribles. Solo podemos decir: ¡Qué arrastre familiar bravo traía Jesús! ¡La suma de casi todas las imperfecciones humanas condensadas en esa lista familiar!

Sin embargo, Dios quiso que así comenzara, en este Evangelio, el relato del nacimiento de Aquel que vino para salvarnos. ¿Sabes para qué? ¡Para que nos miremos en un espejo! Y para que mirándonos en el espejo real de la debilidad humana (donde tal vez aparezcan todos nuestros defectos), podamos entender por qué qui- so el Señor que figurara esta genealogía en el relato de la Navidad.

El tema se aclara: para demostrar que Dios puede usar personas imperfectas para llevar a cabo sus propósitos... ¡personas como nosotros! ¡Sí! Como tú y yo. Jesús no solo nos salva de nuestros desastres horrorosos de vida: ¡también nos salva de quedarnos detenidos en ellos! Nos salva de la parálisis de indignidad que trae el pecado a nuestra existencia. Nos salva de vivir sin la esperanza de un mañana mejor. Nos salva de excluirnos a nosotros mismos de sus propósitos. Nos salva de la herencia de dolor familiar que pudo tocarnos.

Creo que ahora sí nos damos cuenta del valor de poder leer la genealogía de Jesús. En ella podemos descubrirnos. Miren cómo termina esta genealogía:

José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo (Mateo 1:16).

ORACIÓN:
No hay palabras, Señor, para describir el alcance impresionante de tu amor y tu misericordia. Cuando llegaste a mi vida, lo hiciste para transformar toda la mirada que tenía de mí mismo. Me incluiste en esa lista genealógica de personas débiles y frágiles. Podría haber sido ser cualquiera de ellos, nada me diferencia.
Me gozo en confiar hoy en que puedas usarme a pesar de todas mis imperfecciones, para cumplir tus santos propósitos en este mundo, y me dispongo para ello. ¡Por siempre, gracias Señor, gracias!

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